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Full text of "El país y la vida institucional"

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El país y la Yida mstitacional. 



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Carlos Oneto y Víana 




EL PAÍS 



y ta vida institucional. 



MONTEVIDEO 



Tipografía y Encuademación Al Libro Inglés 

1904 



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A la juventud de mi pais^ 
que en medio de los desastres 
presentes se sienta aún capax 
de acometer la realizaeión de 
grandes ideales para lo cual 
solo se requiere energía moral 
y espíritu perseverante en la 
lueha por la prevalenda del 
derecho. 



peto ía {ii^cztad no ^z cota^íecc 
1^ ^e ta9ica ditto ^o^zc ia vet3a9 
3e '(o^ p^ittcipio^ a-ue ía cond- 
tittii^en. 



4: &i caudii(aic e^ ía -nega- 
ción 3e to3a íei^, 9e todo dezeciiOy 
de toda (^azantía, 9e todo p^in- 
cipio, 9e toda mazcda zeauiaz 
de y>acb \^ de r>toaze:>o. 

€ (Bon eí caudiliaie no 
existen ni ia ^eautidad de ia 
vi9a, ni ninauna de ia^ má^ 
e^enciaie^ (^azantía^ dei ozden 
Mciai, 

^uan Qazio:> §ófne<s>. > 



No es .sin un profundo dolor patriótico que me resuel- 
vo escribir en estos momentos de grandes crisis, con el 
convencimiento de que todos los ciudadanos están obli- 
gados á prestar su concurso pro parte virili á la obra 
fecunda de la salvación nacional. — Es un deber primor- 
dial proclamar en alta voz, sin vacilaciones ni reticen- 
cias, todo aquello que se considere la verdad — que pueda 
contribuir al mejoramiento de nuestras cosas, actualmente 
en un estado que apesadumbra á los hombres de pensa- 
miento y presenta una perspectiva llena de incertidum- 
bres é inquietudes. 

Hace un cuarto de siglo aproximadamente uno de 
nuestros más elocuentes tribunos, el Dr. don Pedro Bus- 
tamante, abismado ante el espectáculo que ofrecía el país 
sujeto á las garras del militarismo, que lo mutilaba y 
deprimía la conciencia cívica, proclamó desde lo alto 
de la cátedra del Ateneo nuestra absoluta incapacidad 
para la vida política, defendiendo así con la clarovidencia 
de su espíritu luminoso, las ideas que de muchos años 
atrás preconizaba el más grande de nuestros pensadores, 
en aquel entonces ya en el ocaso de su vida. — Juan 
Carlos Gómez había llegado á esa conclusión desoladora 



— 10 - 

después de una experiencia penosa, durante la cual pre- 
sencio el agotamiento criminal de las energías del país y 
el cuadro sombrío que presentaba al observador y al fi- 
lósofo, de un desastre constante, en el que vivimos osci- 
lando entre el despotismo y la anarquía sin dejamos si- 
quiera vislumbrar la más remota esperanza de la conquista 
definitiva de la libertad, supremo ideal por el cual la hu- 
manidad ha den-amado á raudales la sangre generosa de 
héroes y de mártires. 

El caudillaje y los elementos de cuartel se habían en- 
cargado de cubrirnos de oprobio, y la tragicomedia de las 
dictaduras que á guisa de remedio venía á poner término 
á la anarquía que nos devoraba, siempre sirvió de gene- 
rador de nuevos males: el rebajamiento de la dignidad 
personal y cívica, el desconcierto administrativo, el descré- 
dito en el exterior, la bancarrota económico-financiera y 
el tormento de los buenos ciudadanos para los cuales la 
lucha por el bien se volvía imposible por lo mismo que 
el organismo nacional, profundamente contaminado, no 
ofrecía la posibilidad de una reacción saludable. 

En el mismo lugar en que el doctor Bustamante le- 
vantó su voz, tan pesimista como sincera, arrostrando 
todos los desprestigios populares, ya que había herido en 
lo más íntimo el sentimiento nativista de nuestro pueblo, 
el doctor José Pedro Ramírez, constituido en órgano de 
la conciencia nacional, en una brillante conferencia for- 
muló su protesta contra la alocución del vehemente tri- 
buno y contra la prédica acerada de Juan Carlos Gómez. 

«El problema no puede ser para nosotros, decía Ramí- 
rez, ni complicado, ni difícil, ni mucho menos insoluble. 



i 



— 11 — 

€ Una hora de inspiración patriótica puede ser bastante 
para cambiar la faz de la República. 

« Tengo el presentimiento, ¡ que digo ! la profunda con- 
vicción de que llegará un momento en que la reacción 
de la opinión será tan vigorosa en presencia de tantos 
sufrimientos y de tantos desastres, que bastará un hom- 
bre de buena voluntad, el vir bonus de Cicerón elevado al 
gobierno por la voluntad de la nación, para que em- 
piece el reinado de las instituciones, la paz fecunda de 
la libertad en el orden. » 

Ese optimismo, con igual intensidad y con todos los 
entusiasmos de su alma romántica, lo había sentido otrora 
Juan Carlos Gómez, cuando de su lira arrancaba aque- 
llas estrofas brillantes cantando á la libertad: 

« Yo sé que vendrá im día para la patria mía 
De paz y de ventura, de gloria y libertad». 

Y sin embargo, cuarenta años después, el viejo bardo 
ya próximo á la tumba, contristado su espíritu por tantos 
desencantos, por el sufrimiento y la miseria, sumergido 
en ese abatimiento de lo irremediable qtte es una muerte 
moral ( 1 ) lanzaba este quejido lastimoso : « To no quiero 
hablar de la patria. La vergüenza se me sube al rostro 
cuando alguien me la nombra, por que es imposible que 
pueda descender á más bajo nivel moral un pueblo que 
se me mostró capaz de tanto heroísmo. » Ni siquiera 
servía ante su pensamiento como razón valedera, la pers- 
pectiva de nuestro desarrollo económico y las pruebas de 



( 1 ) De Juan Garlos Gómez.- Carto á don Pedro Bustamante. 



— 12 - 

la vitalidad orgánica del país, pues para él todo era «un 
falso progreso » puro oropel que cubre con las apariencias 
una decadencia real y constante como se cubre de flores 
la podredumbre del cadáver. (1) 

Cerca de veinticinco años han transcurrido de aque- 
llos días de polémica ardiente en que se debatían en 
constante contradicción los optimismos apasionados de los 
unos y las convicciones pesimistas de los otros, y aún 
estamos esperando como se espera la realización del ma- 
yor de los anhelos aquella hora de inspiración patriótica^ 
bastante para cambiar la fax de la República^ de que 
nos hablaba el distinguido tribuno para quien entonces 
nuestro problema político no era ni complicado, ni difi- 
eily ni mucho menos insoliMe. — Esperamos aún el mo^ 
mentó en que la reacción de la opinión sea tan vigorosa 
en presencia de tantos sufrimientos y de tantos desastres 
para que empiece el reinado de las instituciones, la pax 
fecunda de la libertad en el orden. 

Yo me pregunto después de una larga y serena refle- 
xión, sin apasionamiento ni prejuicios, solo movido por 
el amor á la verdad y á mi país ¿ será acaso lo pre- 
sente, á despecho de la buena voluntad de algunos hom- 
bres bien intencionados y de sus abnegaciones y sacrifi- 
cios, la demostración de que sigue cumpliéndose, como 
una fatalidad irrevocable, la predicción de Juan Carlos 
Gómez, de aquél apóstol del bien, impecable en su vida 
cívica é iluminado en sus profecías por los destellos de 
su genio ? — ¿Se atrevería el doctor Ramírez con su ex- 



( 1 ) Do Juan Carlos Gómez. 



— la — 

periencia de cincuenta años de nuestra vida pdblica, des- 
pués de haber presenciado todas las diversas reacciones 
por que hemos pasado en estos veinticinco años, todos 
los desastres supervinientes á su réplica y ante el cuadro 
que nos ofrecen los actuales sucesos, se atrevería digo, 
con los mismos entusiasmos de otro tiempo, á negar 
nuestra incapacidad política ? 

Sería imponer una nueva mortificación al sentimiento 
patriótico, exigir una respuesta categórica ! 



La historia patria desde los comienzos de nuestra exis- 
tencia no acusa otra cosa que un aprendizaje doloroso, 
casi estéril, que aun continúa é impone á las genera- 
ciones presentes todos los sacrificios de las peores épocas, 
sin que ofrezca á las del porvenir nada mejor, como si 
fuéramos un pueblo sin redención j condenado á una 
expiación por tiempo indefinido, por los males que lleva- 
mos en la sangre y en los hábitos, heredados de los co- 
lonizadores y acrecentados á medida que fuimos derro- 
chando en las luchas intestinas las energías del país. 

El pasado, lo mismo que los tiempos contemporáneos, 
salvo ciertos períodos brillantes que no significan otra 
cosa que la lucha, titánica por la libertad — que jamás 
llegamos alcanzar — solo nos presenta pruebas de una 
ineptitud para la vida política que son bastante elocuen- 
tes para inducir á la desconfianza aun á los espíritus más 
optimistas. 

No habíamos consolidado la nacionalidad y estábamos 
consagrados á la tarea de desligarnos del Imperio cuando 



— 14 — 

Lavalleja inició en el país la serie de los pronunciamien- 
tos militares, dando el golpe de Estado contra la Asam- 
blea y el gobierno que presidía el noble patricio don 
Joaquín Suárez. 

Mal augurio para el porvenir de un país, cuando sus 
libertadores eran los primeros en conspirar contra la feli- 
cidad común y disolver por las bayonetas las Asambleas 
representantes de las aspiraciones nacionales ! 

Lanzada la Provincia Oriental por obra de la diplo- 
macia argentino-brasileña á la vida independiente, no ha- 
bía transcurrido todavía dos años de la jura del Código 
Fundamental, cuando nuevamente se rebela Lavalleja 
contra las autoridades legítimas, y él, á quien había cabido 
el triste rol de iniciar en la Eepública los golpes de 
cuartel, inicia también la serie de luchas intestinas que 
habían de tener su centésima repetición en los albores del 
siglo XX. 

Concluida la guerra grande — que señala en nuestra his- 
toria la época más brillante de la vida política del país, 
desde el reto lanzado por Eivera á Bosas hasta la 
paz de Octubre, quince años de esfuerzos scbrehuma- 
no§ por la libertad — quedaba la Eepública reducida á es- 
combros, con una deuda superior al valor de su propie- 
dad territorial, sin fuentes de riquezas, sin hábitos de 
trabajo, sin habitantes, sin crédito, teniendo por único 
haber de aquella lucha gigantesca el sedimento de 
odios, pasiones in-eprimibles que engendrara la guerra y 
un desconcierto en la política y en la administración 
que no podía dar al país otra cosa sino la era luctuosa 
que siguió al restablecimiento del gobierno constitucional. 



" 15 — 

Los esfuerzos de algunos pensadores fueron estériles 
en el sentido de fusionar los viejos bandos. Vivieron en 
un error común cuando no en un engaño recíproco todos 
los hombres de aquella generación, que habían estado 
tres lustros luchando á muerte, vigorizando día á día sus 
antagonismos, hasta volverlos orgánicos legándolos como 
lote hereditario á las generaciones que le sucedieron. 

La guerra y el desorden continuó siendo nuestra ma- 
nera de vida. La prevalencia de los caudillos y del sable 
no tuvo más alternativas que la producida por el cambio 
de hombres, siendo siempre vencidos los elementos sanos, 
representantes del pensamiento y la cultura nacional. 

En los primeros años subsiguientes al pacto de Octu- 
bre, de subversión en subversión nos refugiamos en la 
protección extranjera, prestigiada por blancos y colorados, 
que cansados de la orgía de sangre que amenazaba con- 
cluir con todo, imploraron del Brasil la intervención arma- 
da para darnos garantías sociales y hacer efectuaos y 
duraderos la pax^ el orden y el imperio de las institu- 
ciones^ proclamando así ante América que no eramos ca- 
paces en medio de nuestros disturbios, ni siquiera de 
garantir la inviolabilidad de la vida á los habitantes del 
país, prerogativa elemental en toda sociedad civilizada. 

Producida la invasión extranjera, consolidóse el régi- 
men militar agravando nuestros males, y para atender las 
exijencias del presupuesto fué necesario implorar un sub- 
sidio mensual al monarca brasileño que sirvió para ga- 
rantir la subsistencia al personal de la administración y 
al propio militarismo. 

La reacción popular de 1855, provocada por las in- 



— 16 — 

temperaQcias del gobierno militar, fué ametrallada por el 
caudillaje blanco y colorado, confundido en un abrazo 
fraternal para dar el golpe de gracia á las clases ilustra- 
das.— Dos años después se producen los sucesos de Quin- 
teros que pusieron en evidencia la relajación moral de 
los hombres entonces dirijentes; y con esta hecatombe que- 
damos excluidos por un tiempo del concierto de las na- 
ciones. — Un lustro después, la reacción colorada aliada 
con el extranjero, da en tierra con el régimen de des- 
potismo imperante, para lanzarnos enseguida á una guerra 
externa en la que continuó la Eepública desangrándose, 
sin perspectiva alguna favorable, y solo por la ineptitud 
de nuestros hombres directores. 

Lo que viene sucediendo desde entonces hasta los días 
que corren, no constituye otra cosa que la repetición de 
los viejos desastres, con la diferencia que imponen el 
cambio de épocas, el progreso de las ideas y otros facto- 
res que estudiaremos en el capítulo siguiente. 



II 



Por tres veces hemos creído poder ensayar el ré- 
gimen de libertad — en 1873, en 1890 y en 1903 — ten- 
tentativas que en nuestros anales están señaladas por 
tres fracasos, producidos á raíz de la iniciativa, con lo 
cual hemos demostrado que no tenemos hasta ahora ca- 
pacidad bastante, á despecho de cierto adelanto de nues- 
tra cultura, para aquilatar las ventajas de la vida insti- 
tucional. — Causas distintas y complejas pero todas reve- 
ladoras de nuestra ineptitud para ser libres : las pasiones 
partidarias de un anacronismo odioso en unos casos, el 
militarismo en otros, el sensualismo de mando, las in- 
temperancias y despechos personales en algunos; las 
oligarquías, las exiciones con caracteres facciosos dentro 
de nuestros bandos, la pésima organización de nuestros 
partidos tradicionales, la falta absoluta de educación cívica, 
la apatía de los hombres de trabajo traducida por una 
indiferencia á la política y á la gestión de los nego- 
cios públicos, la imprevisión casi primitiva de nues- 
tros estadistas — todo ha conspirado contra la felicidad 
común. 

Bajo la administración del doctor José E. Ellauri, las 
reformas ideadas por el gobernante y por los hombres 



— 18 — 

que le acompañaban chocaron con un ambiente inade- 
cuado, caldeado por las pasiones que en su desborde 
llegaron hasta invadir los cuarteles arrastrando al ejército 
á la plaza pública é induciéndole al crimen de entregar 
el país á la dictadura y al despotismo. — Fué tal el 
abatimiento popular que ni siquiera se produjo una seria 
resistencia á la acción enervadora del sable. — El caudi- 
llaje blanco y el militarismo colorado — que más de una 
vez en nuestra historia han sabido deponer sus antago- 
nismos á fin de inmolar la libertad — en criminal consorcio 
mancomunaron sus fuerzas para apalear á las desorgani- 
zadas legiones de la Tricolor^ que en Perseverano regaron 
con sangre generosa el suelo de la patria en holocausto 
á grandes ideales. — Producidos estos sucesos, Latorre 
consolidó el orden sin pararse en medios, incluso el del 
asesinato común; y otra vez dimos pruebas del nivel 
moral del país, cuando la población de los campos, in- 
consciente de sus derechos y de la dignidad cívica, en 
cambio de la* tranquilidad que le garantía el tiranuelo 
prestábale su adhesión, y los más conspicuos elementos 
nacionalistas adhirieron al régimen imperante constitu- 
yéndose más tarde en cortesanos del dictador. 

El 1.® de Marzo de 1890 el doctor Julio Herrera y 
Obes es elegido Presidente por el término constitucio- 
nal de 1890-1894. — No faltó quien viera en esa elec- 
ción el comienzo de aquella era que anheló un día Juan 
Carlos Gómez para su patria « do paz, de ventura y de 
hermandad ». 

Una administración regular y la libertad civil completa 
caracterizaron aquel período gubernativo, adema? del so- 



— 19 — 

metimiento absoluto del ejército á la autoridad del jefe 
del Estado, de una restricción necesaria en la interven- 
ción de la clase militar en la política y de una serie de 
reformas que acusan ciertas reglas de administración y 
principios científicos aplicados al gobierno. — Aseguramos 
la paz pública, fuente inagotable de grandes bienes y á 
su amparo pudo el país restablecerse del desastre finan- 
ciero producido por las locuras de la administración an- 
terior; — una absoluta libertad de la prensa permitió á 
la oposición ejercer saludable control de la gestión gu- 
bernativa ; — así como el ambiente propicio para el de- 
bate sereno de los grandes problemas nacionales, permitió 
que se disiparan las intemperancias partidarias y desapa- 
recieran los odios entre blancos y colorados que el pre- 
dominio del militarismo había fomentado en épocas ante- 
riores explotando el amor al cintillo para dar cohesión á 
los elementos que servían de base al poder. — Sin em- 
bargo, la fatalidad decretada por nuestros males orgánicos 
arrojó al fracaso aquella administración. 

La desorganización de nuestros partidos excluía la po- 
sibilidad de la lucha comiciaria en condiciones que im- 
plicaran un progreso en nuestra democracia ; las dificul- 
tades económicas crearon sorda hostilidad contra el 
gobernante en el alma de las multitudes y la prédica 
violenta de la prensa concurrió á rodear de impopu- 
laridad al mandatario, aprovechándose los enemigos de éste 
de todos los expedientes que pudiesen servir para crear 
nuevos obstáculos á la marcha administrativo-política del 
Presidente. Éste tuvo el valor de desafiar á la plaza 
pública, con la persuación de que para un estadista, no 



— 20 — 

puede ni debe constituir un escollo las súbitas y transi- 
torias explosiones de las multitudes, pero fué más allá de 
lo que aconsejaba una política liberal y amplia y en armo- 
nía con la justicia. 

Entre el gobernante y el país creóse un abismo; faltó 
el concurso de los gobernados, la cooperación de las 
fuerzas populares indispensable para la realización del 
verdadero gobierno. 

Llegado el momento comiciario sufrimos las consecuen- 
cias de la lucha entre el mandatario y la opinión. 

La formación del Cuerpo Legislativo que debía dar al 
país nuevo magistrado, puso en evidencia que estábamos 
muy lejos de la verdad institucional y que la fórmula 
de la influencia directriz proclamada abiertamente por 
el jefe del Estado, en sus manos no había dado mejo- 
res resultados que si fuera empleada por cualquier tira- 
nuelo. 

Sobrevino Idiarte Borda, la negación del hombre de 
gobierno, elegido por los mismos que habían escrito en 
sus balotas el nombre del Presidente derrocado en 1875, 
cuya exaltación á la primera magistratura hubiera 
implicado acaso el afianzamiento de nuestras liber- 
tades, pero que por lo mismo que nuestro pueblo 
jamás' ha sabido orientarse en el sentido de la procura de 
la felicidad pública, perdió el país una vez más la oca- 
sión de iniciar una era de grandes reparaciones para 
lo que constituían garantía bastante los antecedentes del 
ciudadano electo, su nombre ilustre, por él prestigiado con 
la administración ejemplar de 1873 y coronado con su 
abnegación, jamás vista en la democracia americana, al 



— 21 — 

renuaciar la presidencia por que sus compatriotas le negaran 
el sufragio unánime. 

Los desaciertos de Borda provocaron el aislamiento del 
gobernante que, en su obstinación, lejos de conjurar las 
consecuencias de su pésima gestión política, hizo aún 
más hondos los antagonismos existentes entre él y el 
país, profesando un profundo desprecio á la opinión para 
lo que no tenía talla bastante, desde que esto solo 
pueden hacerlo los hombres superiores 'que se sientan 
con energías y con cerebro para imponerse á las multi- 
tudes. 

La atmósfera fué caldeándose á punto de que en ella 
parecía encontrarse escritos tristes presagios! 

Y como coronamiento de tanto desquicio el fraude 
electoral, torpe y provocador de las iras populares vino á 
colmar la medida. 

La juventud nacionalista levantó la bandera de la 
reacción cívica y trajo al país á Eduardo Acevedo Díaz, 
luchador infatigable, de alma fuerte y de grandes pasio- 
nes, publicista nervioso, con las vehemencias de Juan 
Carlos Gómez, sin tener de éste su pasión por los prin- 
cipios y aquel odio santo al caudillaje, que debe ser la 
pasión suprema de los hombres de bien. — Acevedo 
Díaz sojuzgado por su temperamento irreductible no supo 
enderezar su propaganda en el sentido de depurar la 
atmósfera y organizar á su partido sobre bases legítimas, 
fomentando las tendencias altruistas, convirtiéndole en 
una fuerza eficiente para incorporarlo á nuestra evolu- 
ción á fin de que concurriera con su influencia benéfica 
á preparar mejores días para el país. 



— 22 — 

En un mal cuarto de hora de inspiración lanzó á to- 
dos los vientos la semilla revolucionaria, á base de tra- 
dicionalismo, sin penetrarse de que eso significaba un 
salto en las tinieblas ; que íbamos á destruir una de las 
pocas conquistas que nos había dado el tiempo, la idea 
de la paz que se había hecho orgánica y la anestesia de 
las pasiones partidarias, que como resabio de preté- 
ritas épocas surgen á modo de atavismos en el alma de 
nuestras multitudes, tan pronto se explota la tradición 
sanguinolenta y se despliega al viento el cintillo. 

La prédica de El Nadonal tenía que ser funesta, por 
muy sinceras que fueran los propósitos del agitador que 
le imprimía rumbos. 

En primer término, no había civismo en aquella cam- 
paña que para dar cohesión á los elementos que habrían de 
congregarse en derredor de la bandera revolucionaria, se 
fomentaba los odios partidistas siempre latentes en el 
corazón de las turbas, y propiciaba la instalación de cen- 
tros de propaganda, donde se enseñaba á las generacio- 
nes nuevas la idolatría por caudillos del pasado, factores 
de nuestras desgracias, que solo por una aberración 
pueden ser invocados sin que su memoria produzca un 
sentimiento complejo de tristeza patriótica y de elecración. 
— De extravío en extravío, nuestra cultura presenció la 
instalación allá por los arrabales de un Club « Defensor 
de las leyes » nombre ideado por algún energúmeno para 
rememorar la época de la más grande tiranía que han 
sufrido estos países. El Nacional presentó un día á la 
admiración de la juventud nacionalista la efigie de 
Timoteo Aparicio, el más ignorante de nuestros caudillos 



— 23 — 

históricos que después de haber vivido toda su vida entre 
sangre, la coronó convertido en instrumento de Latorre. 

El resurgimiento de las pasiones partidarias fué el pri- 
mer mal de la prédica del fogoso tribuno, pues, como 
consecuencia de sus agresiones produjese la reacción co- 
lorada, que naturalmente iba enderezada á favorecer á 
aquellos que todos los elementos sanos del país comba- 
tían. 

Por otra parte, la idea revolucionaria no pudo ser más 
desgraciada, pues sencillamente significaba desconocer un 
principio histórico entre nosotros j prescindir de la ex- 
periencia que ya nos ha enseñado cuales son los resul- 
tados de las revueltas. 

Eetar á guerra, sin contar con medios, á una situación 
que disponía en su favor, tanto para el bien como para 
el mal, de todo el engranaje y los recursos de la nación? 
no podía ser obra de políticos prácticos ni siquiera de 
hombres de buen sentido. 

Es principio histórico universal que aún las revolucio- 
nes con gran bandera cuando no triunfan solo tienen la 
virtud de agravar los males de la sociedad.— Por otra 
parte «al paso que la ciencia moderna excluye la nece- 
sidad de una revolución violenta como medio de trans- 
formación de las relaciones económicas, la excluye tam- 
bién demostrando la impotencia de una rebelión popular 
para modificar un organismo social que es producto ne- 
cesario de un estado determinado de su desarrollo histó- 
rico ...» 

La guerra es el más grave de los recursos, el recurso 
extremo, al que solo puede apelarse cuando la tiranía 



— 24 — 

quita el aire y la lux á los ciudadanos, y aun en este 
caso es elemental penetrarse de sus consecuencias, pues 
se vuelve criminal cuando á la esterilidad de los esfuerzos 
empleados sigue, como producto de la lucha, un orden de 
cosas peor que el que se quiso combatir. — Desgraciadamente 
« los pueblos no tienen conciencia de las consecuencias leja- 
nas de sus actos; — por reflexiva que sea una determinación 
de su voluntad, no so aplica más que á los efectos inmediatos, 
y sin embargo, la serie de los efectos va hasta el infinito. » (1) 
Se apasionan por un principio, por un prejuicio á veces, y 
tras él corren hasta el abismo. No se dan cuenta de que 
las instituciones y los gobiernos son creaciones de una 
época, elaborados por los sucesos y no por el capricho 
de los hombres; — que no son los gobiernos, sino su 
propia idiosincracia que labra sus destinos; — que el 
conjunto de los caracteres comunes que constituye el 
alma nacional no se modifica sino por la acción sabia y 
lenta de la evolución y «que en los problemas sociales 
como en los problemas biológicos, el tiempo es uno de los 
factores más importantes; el solo creador verdadero y 
solo el verdadero destructor, nuestro verdadero maestro 
y basta dejarle obrar para ver como todas las cosas se 
transforman.» (2) 

« En una palabra, la gran consecuencia que se deriva 
de la fisiología de la sociedad es la superioridad de la 
evolución sobre las revoluciones. » ( 3 ) — Esto de ningún 
modo significa decir que sea un deber esperar inactivos, 



(1) Fouineé--«La Ciencia Social Contemporánea» pág. 209. 

(2) Gustavo Le Bon— Fsicüiogia de las multitudes» pág. SC-IOO. 
(3} Fouíilée— «La Ciencia Social Contemporánea» pág. 146. 



— 25 — 

resignados ante el mal como un musulmán, aguardando 
la producción délos acontecimientos. — « Piarse en el Des- 
tino y en la Providencia es fiarse de palabras; — confiar 
y contar con la naturaleza es sin duda contar con las 
cosas, pero es olvidar que la . fuerza de nuestras ideas y 
de nuestra voluntad forma parte de la fuerza de la na- 
turaleza, que entran como factor en el destino de los 
pueblos; que á veces una voluntad aislada — como la de un 
hombre de genio — puede producir una transformación en 
el mundo; que con mayor razón las voluntades asociadas 
en un organismo consciente pueden imprimirse á sí propios 
y á las demás una aceleración en el movimiento tal, que 
sea capaz de modificar la marcha déla humanidad.» ( 1) 

Los males sociales son múltiples y complejos. «Debe- 
mos distinguir, decía Macaulay en uno de sus famosos 
discursos, las enfermedades crónicas que se deben atri- 
buir á causas remotas —y el ataque agudo, producto de 
una reciente imprudencia. » A estas últimas puede apli- 
cárseles remedios radicales, de acción rápida, que repare 
de inmediato el daño y restablezca las cosas á su estado 
anterior, pero á las primeras solo por la acción lenta y 
constante de procedimientos vigorosos que vayan ganando 
el organismo social, penetrando en el alma de las mu- 
chedumbres, en donde al decir de Le Bon se preparan los 
destinos de las naciones. 

« De todas maneras no podemos llegar á ser perfectos 
sino por medio del sufrimiento^^ nos ensena Carlyle (2) 
con su admirable profundidad de pensamiento. T de 



(l) FoaiUée>--«La Ciencia Social Contemperan ea>, pág. 392-393. 



Los Héroes» tomo I pág. 195. 



— 26 — 

esfa verdad deben penetrarse todos aquellos hombres que 
ocupan una posición dirigente en el movimiento político 
de un país. — No basta ver el mal y señalarlo; es indis- 
pensable penetrarse de su esencia y darse cuenta de las 
proyecciones de un consejo y de una actitud. 

De ahí la inmensa responsabilidad de los agitadores, 
que, penetrados de la inferior mentalidad de las masas^ las 
arrastran provocando sus pasiones, presentándoles la pers- 
pectiva fascinadora de mejores días, y las impelen al uso 
de la violencia contrariando los principios consignados 
por la ciencia social y las propias conveniencias nacio- 
nales. 

Hay que ser prácticos, para lo cual es preciso despo- 
jarse de los quijotismos que muchas veces originan gran- 
des desastres. For encima de las proclamas bélicas de- 
be estar la enseñanza persuasiva de nuevos rumbos, la 
creación de nuevos hábitos, la disciplina de los ciuda- 
danos para la labor fecunda, la prédica del amor á lo que 
es noble y sano, y la formación de saludables y podero- 
sas corrientes que obrando de manera eficiente dentro del 
ambiente nacional pueden ser factores de progreso, nuevas 
fuerzas que apresuren la evolución. 

Con .la guerra solo se obtiene la preponderancia de los 
hombres de acción; surge el tipo militar, aparecen los cau- 
dillos, y la gente de sable impera. — El pensamiento que- 
da relegado, á despecho de la^verdad axiomática de que 
es la sola fuerza capaz de dirigir la marcha de los pueblos. 

Los hombres sanos, les ecuánimes, aquellos de alma 
levantada y de espíritu tolerante se eclipsan y no tienen 
otro rol que el del sufrimiento, en tanto que las vulga- 



— 27 — 

ridades y los elementos escoriáceos « suben del fondo á 
la superficie » esas mismas clases « que en épocas tran- 
quilas se sumerjen yendo á ocupar nuevamente en el 
fondo su puesto natural. » ( 1 ) 

Soy tan radical en este punto y es tal mi convenci- 
miento de que todos los hombres bien intencionados de- 
ben esforzarse por evitar la producción de esos sucesos, 
cuyas consecuencias fatalmente á todos envuelven, que 
niego en términos generales el pretendido derecho de re- 
volución tan explotado en los países de Sud América y 
que, sin duda alguna, ha sido la causa principal de las 
tiranías que han afrentado á estos pueblos y despresti- 
giado el nombre republicano. 

En 1897 nos encontrábamos bajo p^ administración 
de grandes defectos, de corrupción, de fraude electoral, 
pero estábamos muy lejos de la situación desesperante en 
que colocados á veces los pueblos, se ven impelidos por 
la presión del despotismo á lanzarse á la rebelión. — Ha- 
bía garantías individuales, libertad de la prensa, una 
oposición formidable libremente ejercida, se prescindía en 
absoluto de la filiación política de los ciudadanos para 
servir á la administración, y gozábamos de otras tantas 
prerogativas que constituían diversas conquistas; — y todo 
eso nos había dado un largo período de paz durante el 
cual fuimos corrigiendo muchos defectos y morigerando 
muchas pasiones. 

Espontáneamente no se hubiera producido un levanta- 
miento popular: fué necesario prepararlo con tiempo, pro* 



( 1 ) Macaulay— « Discarsos parlamentarios > 



— 28 — 

Tocando los odios partidarios dormidos en el fondo del 
alma de nuestros hombres. 

La revolución nos haría perder todas las pocas cosas 
buenas qne hablamos conquistado j no reportarla al país 
el beneficio de extirpar las muchas cosas malas que pe- 
saban sobre él. 

Por lo pronto llevarla al partido colorado, que era la 
mayor fuerza opositora, á rodear al gobernante impopular, 
por instinto de conservación. Tendríamos entonces la lu- 
cha entre blancos y colorados, que significaba un retro- 
ceso de un cuarto de siglo en nuestra vida política. 

Ninguna de esas consideraciones influyó en el ánimo de 
los ciudadanos nacionalistas que dirigieron el movimiento 
político. Se creyó que era bandera legítima, bastante 
para justificar el crimen de la guerra y sus consecuen- 
cias, la verdad electoral: y esto se hacía en un país 
donde jamás fué una verdad el sufragio! 

Fuimos á la guerra dando otra vez pruebas de nues- 
tra incapacidad. — La ola revolucionaria arrastró aún á 
aquellos elementos que á pretexto de profesar un sincero 
posibilismo venían prestando su concurso á la situación 
y sancionando todos los extravíos do la gestión gubernati- 
va del Presidente Borda. 

Nuevamente la divisa ciñó la frente de nuestros gau- 
chos, de esos inconscientes que lo mismo sirven al mal 
que al bien, que con igual fiereza rinden su vida defen- 
diendo la libertad como defendiendo la tiranía, y que en 
la historia de nuestras desgracias tuvieron siempre un 
rol culminante, no siendo otra cosa las más de las ve- 
ces € que pedazos de carne destinados á mantener á esos 



— 29 — 

buitres que llamamos caudillos » como con exacta preci- 
sión dijera uno de nuestros más ilustres estadistas, el 
doctor don Andrés Lamas. 

Transcurrieron los meses luchándose en nuestras cu- 
chillas, — Tres Arboles, Arroyo Blanco, Arbolito, Tarariras, 
Cerro Colorado, no indican al que estudia serenamente 
nuestras cosas sino otras tantas sangrientas hemorragias, 
estérilmente producidas, sin que nada ganaran ni el país, 
ni las libertades populares, y como aditamento, el germen 
de nuevas desgracias con el resurgimiento del caudillaje, 
que varios anos de paz habían sido bastante para hacerlo 
desaparecer. 



ni 



Eliminado Borda, que representaba en el gobierno la 
obstinación en concluir por las armas la guerra provocada 
por sus desaciertos, surgió vigoroso el sentimiento de la 
paz que dominó á todas las clases, formando en el país 
un ambiente propicio á la conciliación. 

Las gestiones preliminares enderezadas á éste fin pu- 
sieron en evidencia cual habia sido el primer resultado 
de la lucha, todo el cambio operado en el coj-to lapso 
de tiempo que medió entre el principio de la rebelión 
y las negociaciones de avenimiento. 

Al producirse la invasión, la Junta revolucionaria, au- 
toridad suprema instalada en Buenos Aii*es, había en- 
viado al ejército como director político de la guerra, 
representante del Comité, al doctor Duvimioso Terra, 
que traía un cometido semejante al de los conven- 
cionales franceses que acompañaban á los ejércitos de la 
Eepública durante aquel período famoso que rigió la 
Convención; igual cargo al creado por los patriotas por- 
teños del año 1810 cuando salieron las primeras legiones 
de patricios á combatir el poder español del Alto Perú. 
— Infantilmente se creyó que de esa manera podría con- 
servarse para los elementos civiles la actuación dirigente 



~ 31 — 

en la marcha de los sucesos; que manteniendo al lado 
de los sujetos de sable á un hombre de carácter, se ob- 
tendría por parte de aquellos un absoluto sometimiento á 
la voluntad de los hombres de inteligencia. 

Cuando se produjeron las negociaciones de paz, ya no 
había en el ejército ningún convencional, delegado de 
la autoridad legítima del partido en armas: el caudillaje 
imperaba soberano. 

Desde el comienzo de la guerra el doctor Terra previo 
cual iba á ser su rol al lado de los hombres de acción, 
y muy pronto optó por retirarse para no verse converti- 
do de director en subordinado de los caudillos. 

Hubo que pactar con Saravía que era la entidad que 
representaba la fuerza y que durante la guerra habíase 
emancipado de la tutela del Directorio. Este no tuvo 
sino un rol secundario en las tratativas, apenas el indis- 
pensable para dar cierto carácter á la transacción. 

Se cumplía la ley histórico - sociológica. — Los hom- 
bres que en la lucha pacífica contra el mal tenían la 
posición dirijente, fueron relegados, en tanto que aquellos 
que ocupaban en el fondeo de la sociedad su posición na- 
tural surgieron á la superficie con la violencia. Dába- 
mos una vez más pruebas de nuestra descomposición, 
en presencia de aquel hecho inaudito, que elevó á la 
categoría de representante de un partido político á un 
hombre refractario al ambiente social, que hasta entonces no 
había encontrado otra forma de poner enjuego sus ener- 
gías sino mezclándose en los disturbios del país vecino, 
como instrumento de devastación de uno de los partidos 
de Río Grande. 



- 32 - 

Una vez en la pendiente del desconcierto la subver- 
sión continuó su obra. Los primaces nacionalistas ante 
la prepotencia del caudillaje enseñaron al país cual era 
su dosis de altiveces, sometiéndose sin vacilaciones á los 
elementos que encarnaban la acción. — No hubo una 
sola protesta, si bien quedó un rebelde, que mea tarde 
en medio del naufragio del civismo de los hombres de 
su credo, había de llegar salvo á la orilla para ser con 
el tiempo el p7'imer minorista^ j el primer convencido, 
acaso el único entre los suyos, de que la revolución del 97 
fué un desastre, — Nos referimos al doctor Duvimioso Terra. 

Los sucesos posteriores son reveladores de la crisis 
que dominó al país y de la incapacidad de nuestros 
hombres dirijentes en punto á previsión, cualidad indis- 
pensable para alcanzar el nombre de]estadista. — Se pactó la 
paz sobre la base del quebrantamiento de la uindad po- 
lítica de la nación, creando dentro del Estado otro Esta- 
do que se entregó al gobierno de los caudillos. 

No es posible concebir nada más absurdo y más subversivo. 
Solamente la descomposición de la época, que pervirtió 
el sentimiento y el criterio públicos, puede explicarlo. — 
Dimos nuevamente pruebas de nuestra ineptitud, tanto los 
de arriba como los de abajo^ pues, confundidos los unos 
y Jos otros impusieron al país como fórmula indiscutible, 
esa solución que envolvía los gérmenes de nuevos y ma- 
yores males y decretaba la prevalencia del caudillaje y la 
guerra futura que costaría raudales de sangre, la 
pérdida de las libertades que gozábamos y el derroche 
criminal de la vitalidad de la nación en el campo de la 
lucha fraticida. 



— 33 — 

Nuestra prensa tuvo su nota fulminatoria, la pala- 
bra candente de Juvenal para aquel que opusiera una 
patriótica resistencia al pacto celebrado ; los hom- 
bres de trabajo, las clases productoras y conservado- 
ras, los hombres de pensamiento, los elementos extranje- 
ros, formaron la ola popular que ejerciendo la peor de 
las tiranías — que es la tiranía de las turbas — negaron 
á los ciudadanos el derecho de discutir los inconvenien- 
tes de la paz. La propia Asamblea incorporóse al am- 
biente, vacilante en un principio pero sometida cobarde- 
mente después, Y votó por aclamación la fórmula de 
muerte, contra la cual solo se opuso — con el valor de 
un convencional francés — el doctor Herrera j Obes, el 
mismo que con sus desaciertos había contribuido á traer- 
nos aquella situación. 

Curioso y elocuente al mismo tiempo fué el espectáculo 
que ofrecieron al país nuestros hombres expectables. 
Tuvieron energías viriles y valor cívico para com- 
batir vigorosamente otrora el despotismo de los go- 
biernos de cuartel y supieron crear contra las demasías 
de Borda la oposición más formidable que se pueda le- 
vantar contra un gobernante impopular, y sin embargo, 
en aquellos momentos, con una inconsciencia inaudita re- 
nunciaban ellos mismos sus aspiraciones de ciudadanos 
para entregar una extensa zona de la República á una 
situación intolewible en la que solo imperaría la brutali- 
dad hasta el punto de desaparecer las garantías indivi- 
duales que gozábamos plenamente antes de la revo- 
lución. 

Sojuzgados por sus grandes prevenciones contra el 



— 34 — 

rógimen que había tenido su último representante en 
Idiarte Borda se lanzaron á aquella obra de desorden sin 
detenerse un instante á reflexionar sobre lo que vendrá. 

« ¡ Cuántos hombres si pudieran darse cuenta de las 
consecuencias de sus actos en el orden político verían en 
sus manos, como Tjady Macbeth, las manchas de sangre 
que nada ni nadie pueden lavar ! » ( 1 ) 

Es que todo aquello no era otra cosa que la fatalidad 
impuesta por nuestro carácter, nuestras intemperancias, 
nuestra manera de ser y esa falta de orientación tan 
necesaria en la vida de los pueblos para que estos pue- 
dan llegar á la realización de sus destinos. 

Vivimos varios meses entregados al imperio de las 
pasiones; la calle y la plaza pública invadida por mu- 
chedumbres heterogéneas que caldeaban con sus impreca- 
ciones la atmósfera. Nuestra prensa en el delirio pro- 
ducido por el odio al régimen bordista^ con su prédica 
contribuía á fomentar los instintos de las masas á fin de 
disciplinarlas para la obra radical proyectada por los más 
exaltados de arrasar con todo el andamiaje existente. 
Jamás, en el largo proceso de nuestra existencia, atrave- 
só el país por una crisis mo'al más profunda! 

La corriente maléfica recorrió de arriba á abajo y del 
llano á las alturas, anulando toda resistencia. Era inútil 
invocar el derecho. 

Llegamos á tal despotismo de la mentira y la mistifi- 
cación que se volvía peligroso intentar la más pequeña 
reacción en favor de la verdad; la seguridad personal 



(1) Fouíllée «La Ciencia Social Contemporánea» pág. 371. 



— 35 — 

estavo librada dorante varías semanas á los excesos del 
populacho « que quiere siempre la libertad para él y 
nunca para los demás» (1) 7 concluye por propiciar la pér- 
dida de la suya y la de los otros. 

En aquellos días grises se puso en evidencia la orga- 
nización de muchos de nuestros políticos, su cobardía, 
insuficiencia de carácter y falta de probidad. Olvi- 
daron ellos que los hombres de Estado deben tener el 
heroísmo de oponerse á las turbas — que son siempre 
chatas de mentalidad como de moralidad — «y que de» 
ben considerar una vergüenza el aplauso de ellas » ( 2) 
porqué c de cada cien personas solo hay una en dis- 
posición de poder juzgar acertadamente » ( 3 ) y esa una 
en el ambiente inficionado de las masas pierde todas 
las condiciones de su superioridad. 

En ese tren íbamos fatalmente á la dictadura, al go- 
bierno irresponsable que era lo que reclamaba el país. 

Proclamada abiertamente la necesidad de derrocar el 
Cuerpo Legislativo, que era el representante del régimen 
condenado, fuimos estremando la nota del desconcierto, 
anulando todo temperamento conciliador, para precipitar 
los sucesos. 

Solo una fuerza hubiera sido de eficiencia para garan- 
tir la estabilidad de lo existente é impedir que mayores 
males se cernieran sobre el país, pero, desgraciadamente, 
la inseparable fatalidad debía conspirar oponiéndose á 
nuestra salvación. 



1) De Garóralo— «Superstición Socialista» pág. 180. 
t) De Garófaio— «Superstición Socialista» pág. 915. 
; 3 ) De Stuart Mili — « La Libertad » pág. 37. 



— 36 — 

Las claudicaciones de los hombres habían llevado al go- 
bierno á Cuestas. Nada podía esperarse de aquel vidente 
que vislumbró la ocasión de vengarse en el país de su 
suerte pasada. 

De error en error nos encaminamos al abismo. — Se 
pactó entre nuestro pueblo y el gobernante la solidaridad 
del crimen. 

T á la resistencia de la Asamblea que pugnaba por 
conservar la legalidad convencional, se le rodeó del 
vacío, del anatema popular, de la amenaza, del escarnio, 
hasta se llegó á la insania de pretender dominarla por el 
hambre. (1) 

Los sucesos en su vertiginoso desarrollo impusieron 
un dilema cruel á los legisladores: transigir, sometién- 
dose á la fatalidad de las cosas, prestando sanción legal 
á los excesos ocurridos y esforzarse por iniciar una nue- 
va era con el mismo Cuestas, restableciendo de ese mod,o, 
en lo posible, el orden ó sucumbir dando un ejemplo de 
estéril independencia y de falta de previsión. 

Acaso políticos prácticos no hubieran vacilado ante la 
inmensa responsabilidad que pesaba sobre aquellos hom- 
bres, que obstinadamente resistían, sin contar con medios 
ni fuerza alguna para impedir el desborde y oponerse á la 
avalancha que había de aplastarlos y aplastar al país. — Car- 
los María Bamírez tuvo la intuición de las cosas: ante 
lo irreparable, devoró sus escrúpulos y sufrió él dolor 
patriótico de colocar al frente de su diario como candi- 
dato presidencial, junto á su nombre ilustre, el nombre de 



( 1 ) Es sabido que una de las medidas tomadas por Cuestas para vencer á 
la Asamblea, fué la suspensión del pago de las dietas. 



— 37 — 

aquel que había tenido «el alma flexible como la carne 
de un molusco, cazador de puestos elevados, que ya des- 
lizándose, ya arrastrándose, pasó la vida sin permitir que 
apareciera en ella el máa leve impulso de independencia 
viril, extirpando el último vestigio de nobleza y digni- 
dad, inclinándose ante todos los que estaban más altos, 
procurando serles agradable é imitándoles de un modo ser- 
vil» como esos cortesanos que reúnen, según Max Nor- 
dau, (l)tales cualidades para atraer la mirada de sus 
príncipes. 

La ola popular continuó invadiéndolo todo, empujada 
por los de arriba, desconociendo la justicia y afrentando 
nuestra cultura, sin que de entre los primaces de la reac- 
ción surgiera un elemento morigerador que contuviese los 
excesos y se penetrara de que « todo hombre tiene el de- 
ber de pisotear, cuando llega la ocasión, la cabeza de esa 
víbora que se llama la arbitrariedad » . (2) 

Espectáculo bochornoso presenció Montevideo, cuando re- 
corrió sus calles aquella masa humana, previamente trabaja- 
da en sus ideas y en sus pasiones, pidiendo á grito herido la 
dictadura! Aquella columna heterogénea, de diversa proceden- 
cia y nacionalidad^ de diversa educación y clase social, gente 
pensante y de ideales los unos, escoria del arroyo y 
turba descompuesta los otros, juventud entusiasta, hom- 
bres de trabajo, todos iban por el camino del error! — á 
descubrirse respetuosos ante la presencia del gobernante 
que, recapitulando su pasado, pudo sentir el más intenso 
de los placeres de un egoísta al contemplar á un pueblo 



( 1 } « Las Mentiras ConTencíonales » Max Nordau p¿g. 143. 
(i) De Ihering— «La Lucha por el Derecho» pág. 70. 



— 38 — 

proclamando sus virtudes é implorándole su despotismo. 
Ah! Cuanta perversión del sentido moral! 

El delirio se apoderó de nuestros hombres; la fiebre de 
la dictadura envolvió á todos, como si sintieran nostal- 
gias de pretéritas épocas de oprobios. — Hasta el brillante 
cenáculo constitucionalista, que vivía en la penumbra y 
alejado de la lucha política activa profesando la absti- 
Tienda del 7nal antes que la persecución enérgica del 
bien^ se incorporó á la corriente. 

La avalancha llegó á las gradas del Parlamento, ame- 
nazadora y delirante, provocando en los que la con- 
templaban la evocación de aquellos días en que las turbas 
de Paris invadieron insolentes á Yersalles, amenazando 
destruir lo existente.— Pero que radical diferencia de si- 
tuaciones! Allá Challemell-Lecour pudo dirigirse al ma- 
riscal de Galliffet, que estaba al frente del ejército,y pro- 
nunciar la frase histórica: ^ Ftisilad toda esa canalla! 
mientras que acá no teníamos un Galliffet que en mo- 
mentos de grandes subversiones se elevara á la altura del 
deber, como que no teníamos ejército por que la ola de- 
magógica también lo había destruido. 

Desplomóse la legalidad convencional y viciada, cayen- 
do envuelta en el desprecio público, y sobre sus ruinas 
levantóse la dictadura, mal disimulada con el estableci- 
miento del Consejo de Estado, Asamblea híbrida, nom- 
brada por el dictador consultando las aspiraciones popu- 
lares, en la que tomaron asiento, en mezcla confusa, 
ciudadanos dignos, de talento é ilustración y antecedentes 
cívicos honestos, y vulgaridades que habían sido elemen- 
tos de servilismo y fraude electoral en épocas anteriores. 



— 39 — 

Con la dictadura, se agravó profíiudameiite la crisis 
que los sucesoá" últimos generaron. Desaparecieron en 
absoluto las garantías individuales; por un lado la perse- 
cución constante de Cuestas á los elementos disidentes y 
del antiguo régimen, por otro la constante voluntad anti 
social del caudillaje persiguiendo á los colorados en los 
departamentos sometidos á su autoridad. En Montevideo 
el espionaje se convirtió en sistema, servido por un per- 
sonal numeroso y asalariado; el destierro volvió á ser 
como en épocas de Pereyra medio fácil de alejar á los 
opositores; la delación y la calumnia fueron admitidas 
por el dictador y por ellas los hombres sindicados de 
conspiradores sometidos á los tribunales militares y con- 
ducidos á la fortaleza y á los cuarteles. En los feudos 
de los caudillos reaparecieron las prácticas latorristas: el 
cepo y el asesinato llegaron á ser medios ordinarios de 
intimidación. De este modo fuimos rebajando sensiblemen- 
te el nivel moral del país y preparando los sucesos que 
se desencadenaron después, como si una racha siniestra 
soplara sobre la República. Faltóles . á los creadores de 
la situación, entereza de carácter para oponerse á los des- 
manes del poder; la cobardía fué la enfermedad de la 
época, y aún hubieron quienes por solidaridad con 
el golpe de Estado optaron por sufrir resignados 
los* extravíos del dictador. Nuestros hombres en su 
claudicación se sustrajeron á las mismas leyes psicológi- 
cas. « Es debido á una cualidad del espíritu humano, 
enseña Stuart Mili, la fuente de todo lo que hay de res- 
petable en el hombre, ya como ser moral, ya como ser 
intelectual, á saber: que sus errores son corregibles. El 



— 40 - 

hombre es capaz de rectiñcar sus equivocaciones^ por la 
experiencia y la discusión. No por la Qxperiencia sola- 
mente: es necesario la discusión para mostrar como debe 
interpretarse la experiencia. » ( 1 ) Nuestros hombres se ne- 
garon á la discusión y mantuviéronse indiferentes ante la 
experiencia. 

El Consejo de Estado conservóse consecuente con 
su época prestando sanción á todos los excesos. De 
él puede decirse lo que Macaulay del Parlamento de 
College-Oreen^ « que fué la Asamblea más destituida de 
principios de cuantas han habido en nuestro país. » 

A medida que corrió el tiempo fuimos dándonos cuenta de 
lo que significaba entregar la sociedad á la irresponsabi- 
lidad de un hombre ; como también de los peligros que 
entrañaba aquel orden de cosas, que tuvo su origen en 
tres fuentes inficionadas: las decisiones de la plaza pú- 
blica, el motín y la voluntad del caudillaje. A lo& cuatro 
meses del establecimiento de la dictadura, la ciudad era 
cañoneada por el ejército,— al que se le había obligado 
antes del golpe de Estado á suscribir el famoso documen- 
to, que constituye otra de las bajezas de la época, según 
el cual, solo respetaría la elección de presidente que 
realizara la Asamblea en el caso en que el agraciado con 
el cargo de honor fuera Cuestas, consagrado Washington 
salvador de nuestra democracia. 

Edificante espectáculo dábamos, ante propios y extra- 
ños, con el de una lucha en la que la soldadesca dirigida 
por los que habían firmado en primer término el docu- 



(1) «La Libertad ^ pág. 38, Stuart Mili. 



— 41 — 

mentó de muerte contra la Asamblea, uno de ellos ele- 
vado á la categoría de legislador como miembro del Con- 
sejo de Estado — ametrallaba la ciudad á pretexto de res- 
tablecer la legalidad que había derrocado, pero sin más 
propósito real que el oculto de entregarnos al militarismo! 

Tras el fracaso del motín vino la sanción necesaria, al 
precio de una felonía. — El destierro llevó al extranjero á 
los perturbadores, pero no por eso desapareció el germen 
de las sediciones j de los pronunciamientos. 

Constante zozobra fué el régimen normal en que vivi- 
mos después de esos sucesos, aumentada por los frecuen- 
tes atropellos de la dictadura contra aquellos que tuvie- 
ran vinculaciones con los focos de conspiración. Ni los 
más insignificantes lograron sustraerse á la persecución 
oficial, aplaudida por muchos y otorgada con el silencio 
por otros muchos, desconociéndose así la más elemental 
noción de justicia, que nos indica que hasta los más abyectos 
tienen sus derechos, y sus garantías deben ser inviolables. 

En ese orden de cosas llegamos al momento comiciario 
que reservaba al país nuevas sorpresas. 

El acuerdo se impuso por ser la única forma de sal- 
vamos de la guerra civil, ya que era imposible concurrir 
á las urnas á raíz de la dictadura. 

El pacto electoral no fué supiarior en su aplicación, á 
las elecciones de Borda, pues, el nuevo Cuerpo Legisla- 
tivo no representó sino la voluntad del oficialismo por un 
lado y por el otro la del caudillaje. — Éste no tenía por- 
qué dudar de los suyos: aquél excluyó á los que con 
anterioridad á su proclamación no suscribieran el com- 
promiso de votar á Cuestas en la elección presidencial. 



IV 



¿ Revelábamos aptitudes para el régimen de libertad 
cuando el país después de derrocar un sistema viciado 
invocando el anua de algo mejor^ llegaba al restableci- 
miento del gobierno constitucional, con el hombre que 
durante un ano de dictadura había puesto en juego, como 
expedientes legítimos, todas las prácticas de los gobier- 
nos militares ? 

¿ No es altamente significativo el hecho de que las 
circunstancias impusieran fatalmente la elección del dic- 
tador que habíase ensañado con los vencidos, negándoles 
sus derechos políticos y libertades civiles, aún las más 
elementales, y que por más de un concepto era garantía 
segura • de un próximo despotismo que pesaría sobre todos 
los ciudadanos ? 

Para mi es de una elocuencia abrumadora. — Ni con el 
régimen antiguo ni con el que le sucediera realizábamos 
el concepto de Ja libertad. — Antes, por el fraude se es- 
camoteaba los derechos políticos, que solo tenía y solo 
aprovechaba de ellos la fracción oficialista. Después, los 
hombres del nuevo régimen penetrados de la imposibili- 
dad de entregar el país á la verdad del sufragio, por me- 
dio del acuerdo excluyeron deliberadamente á los caídos 



— 43 - 

• 

y hasta negaron á los nuevos legisladores el derecho de 
votar por otro candidato que no fuera el propio dictador 
qué había presidido el pacto electoral. 

¿ Habíamos progresado algo ? Yo lo niego absolutamente. 

Los sucesos posteriores continuaron demostrando cuan 
lejos estábamos de la verdad democrática. 

Los elementos que respondían á la situación condenada 
se mantuvieron alejados y en una actitud de perfecta abs- 
tención. 

Sobrevienen las elecciones parciales para renovar la 
tercera parte del Senado. La lucha comiciaria se trabó 
entre los nacionalistas y la fracción colorada gubemista. 
De los seis senadores á elegirse, cinco resultaron nacio- 
nalistas: éstos triunfaron hasta en las circunscripciones 
históricamente coloradas. 

Qué se produjo entonces? — La .reacción contra Cues- 
tas por parte de los mismos que prestigiaron su conducta 
de opresión hacia los disidentes. Se proclamó la ne- 
cesidad de la unificación del partido de la Defensa 
para contrarrestar al enemigo tradicional, ¡ Qué de 
contradicciones se ven en nuestro pueblo ! Con el ene- 
migo tradi^nal se pactó para expulsar del poder y ne- 
gar después representación á los hombres de un sistema 
que fué botado al desprecio público, y cuando en la 
lucha electoral la derrota produce el fiat lux^ se aban- 
dona entonces el estribillo tan explotado de la concordia 
y fraternidad — en nombre del cual se estableció el nue- 
vo régimen — y se declara indispensable que el partido 
de las grandes tradiciones se apreste para vencer al ene- 
migo tradicional. 



— 44 - 

Un exteuso movimiento partidario surgió vigoroso dan- 
do margen á la discusión vehemente, á la instalación de 
clubs, á la prédica agresiva é incendiaria contra aque- 
llos que no habían hecho otra cosa sino triunfar en la 
lucha pacifica del comicio. Desapareció la Iiermafidad 
proclamada meses antes^ y los mismos que la habían 
pregonado esforzáronse por inflamar el sentimiento parti- 
dista, y arrastrar á las masas, no por la enseñanza del 
deber cívico 7 movidas por el amor á un ideal, sino á 
impulsos de las pasiones atávicas que debían traernos 
nuevos males. 

En el campo nacionalista enardecióse la fibra primitiva; de 
intemperancia en intemperancia, envanecido por el triunfo 
obtenido, y ya distanciado de Cuestas, cEl Nacional» en 
el tono de su habitual lenguaje calificó al partido del 
poder de «podrido y decrépito». — Cuestas, incapaz de 
colocarse á la altura de las circunstancias y de prevenir 
los males que necesariamente debía reportar la ruptura 
de relaciones entre los elementos que habían creado la 
nueva situación, se produjo de manera inhábil y torpe. 

La solución dada á la elección de Presidente del Se- 
nado agravó las cosas, pues, significaba abiertamente la 
actitud resuelta y provocativa de los nacionalistas, que 
ante las agresiones del gobernante, procedieron errónea- 
mente, retando á la situación é hiriendo las pasiones de 
partido, ya entonces bastante exaltadas. 

¡ Siempre los detalles reveladores de nuestra imprevisión, 
de nuestras intemperancias y de nuestra ineptitud! 

En el terreno de la violencia. Cuestas prescindió hasta 
de las formas. Al plan nacionalista de obstrucción 



— 45 — 

practicado en el Senado, respondió con el destierro de los 
de los senadores colorados que cooperaban á aquél, el 
mismo expediente que había empleado antes para que- 
brantar la uniformidad de acción de la anterior Asamblea. 

La situación fué agravándose sensiblemente, sacrifi- 
cando los elemento» que más la habían servido, anar- 
quizándose á si misma. Volvimos á las prácticas de 
la dictadura: el espionaje, la delación, todos los pro- 
cedimientos enderezados á vejar á los ciudadanos, fueron 
empleados por el jefe del Estado, como si éste en medió 
de sus neurosismos quisiera vengar viejos agravios en 
los hombres que lo habían elevado. La perseverante cruel- 
dad del mandatario llegó á sentirse satisfecha, pues, uno 
á uno, fué deprimiendo á todos aquellos que más le en- 
diosaron. 

El vacío se hizo completo en las alturas y un gran 
desencanto invadió los espíritus. Se temió por la paz 
pública, lo único que restaba del naufragio. — El gober- 
nante en un rato de lucidez comprendió que íbamos fa- 
talníente á la guerra y, poseído de un supremo egoísmo, 
para salvar del desastre al menos su gestión administrati- 
va, que mereció la sanción del país, optó por ganar la 
alianza del caudillaje, al precio de peligrosas concesiones, 
con lo que aseguró la inacción de los nacionalistas. En 
cuanto á sus correligionarios, los dominó por el despo- 
tismo y la corrupción, contando con la impunidad que 
le garantían las bayonetas. 

De esa manera el país y nuestros partidos fueron ale- 
jándose más y más, día á día, de la vida institucional. 
El sensualismo de mando, en los unos, los arrastró á 



- 46 — 

congregarse estrechamente alrededor de los caudillos, 
que representaban la fuerza, la base para operaciones dé 
futuro; en los otros, el desconcierto producido por la 
acción disolvente del poder dio como derivativo la pa- 
sividad de la fracción vinculada al golpe de Estado y 
la abstención sistemada de los colorados opositores. 

En medio de las incertidumbres de aquella situación 
se presentó, complicando nuevamente el problema político, 
la más grave de todas las cuestiones que afectan siempre 
al país: la formación de las Cámaras que deben elejir 
Presidente. 

Otra vez el terrible dilema : la paz ó la guerra. 

Cuatro años habían transcurrido del golpe de Estado 
realizado para entregar la República á la verdad del su- 
fragio; sinembargo, llegada la época próxima al comicio, 
dominó á la conciencia nacional la certidumbre de que la 
lucha en las urnas nos llevaba á la guerra civil. 

Elocuente prueba de nuestra capacidad para el régimen 
institucional! 

No había habido otra forma de preparar los partidos 
sino sobre la base del odio, ante el cual no hay decisión 
legal que obligue á resignarse al fallo del comicio : lo 
mismo que [cincuenta aiios atrás! T también, como en 
aquellas épocas de recordación dolorosa, el caudillaje 
continuaba siendo la base de organización de uno de 
ellos! 

El acuerdo se impuso nuevamente como que era la 
única forma capaz de conservarnos el bien inapreciable 
de la paz. Sino daba al país una solución, al menos 
le ofrecía la posibilidad de un mejoramiento, con tal que 



— 47 — 

en el futuro se obrara con prudencia y patriotismo, con 
previsión y sentido práctico y sobre todo con una dosis ma- 
yor de civismo que la empleada hasta entonces por la 
mayoría -de nuestros hombres públicos. 

Ir á las urnas era sencillamente llevar á la derrota al 
partido del poder, mutilado por Cuestas, perseguido con 
el concurso de la fracción que acompañó á aquél en el 
golpe de Estado, y ausente en su mayoría de los regis- 
tros de inscripción. 

Tras la derrota, fatalmente vendría la solución militar 
á entregarnos á los hombres de cuartel y tras esto la 
guerra civil promovida por el caudillaje que para escar- 
nio levantaría la bandera de las grandes reivindicaciones. 
Solo el acuerdo podía salvarnos; y á eso título fué votado, 
aun mismo, por muchos ciudadanos que eran francamente 
enemigos de la situación (1) y estaban persuadidos de 



(1) Exactamente las mismas ideas, aqui expuestas, profesaba yo ehtonces. 
Ck)ntrariando la corriente que seguía la juventua colorada, yó voté el acuerdo en 
la gran Asamblea formada por la Convención que s« reunió bajó la presidencia 
del doctor José Ladislao Terra. — Para justiQcar mi actitud aparentemente contra- 
dictoria con la tesis que habia sostenilo en mi obra. cEI Pacto de la Unión» en 
la que combato severamente las fusiones híbridas del pasado y sobre todo aquel 
pacto histórico celebrado por el caudillaje blanco y colorado, juzgué entonces con- 
veniente fundar mi voto, y lo hice en estos términos: 

cYo no sé, señor Presidente, si mi voto representa las ideas y sentimientos de 
los colorados de Paysandú que me honraron con el cargo án convencional, pero, sé 
on cambio, que él contraria mis propias convicciones. ~ Discípulo ardoroso y entu- 
siasta de las enseñanzas de Juan Garlos G'Smez, tendré por norma de vida política 
los ejemplos y consejos de aquel Incomparable maestro. 

«Los acuerdos no represpntan otra cosa que fusiones accidentales; y en nuestro 
país la política fusionista solo nos ha dado lágrimas y sangre. —Sinembargo, las 
circunstancias actuales imponen de manera ineludible el pacto electoral. Los su- 
cesos nos han arrastrado a una situación en que el acuerdo es de forzosa ne- 
cesidad ! 

cYoentiendo que nos encontramos en frente de un dilema irreductible :el acuerdo 
ó la situación de fuerza. Ante tal disyuntiva soy un convencido de que ningún 
ciudadano de civismo debe vacilar. Entre el acuerdo, que será si se quiere una 
inmoralidad, pero que al menos nos ofrece la esperanza de conservar la paz ac- 
tual, y con ella, la posibilidad de un mejoramiento en el futuro ^y la solución 
de fuerza que nos entregarla al día siguiente de nuestra derrota electoral al es- 
cándalo y al aprobio que representa el entronizamiento del militarismo — yo no 
vacilo: opto por el acuerdo. 

«Hechas estas manifestaciones, doy mi voto favorable.» 



— 48 — 

que después del país, el primero en aprovecharlo sería 
el propio Cuestas, que solo así lograría concluir tranqui- 
lamente el período constitucional, dejando á su sucesor 
todo el lote de sus errores. 1 

La Convención Colorada lo votó de mal grado, la ma- 
yoría de sus miembros aceptando la imposición oficial. 

Los nacionalistas sofocaron sus rebeliones íntimas y en 
aquella ocasión, como en otras, se sometieron á la vo- 
luntad prepotente de los caudillos, aliados del Presidente. 



Gomo si no fuera bastante elocuente nuestro pasado 
para demostrar la ineptitud del país en la elaboración 
de sus destinos, dimos una nueva prueba con el proceso 
operado últimamente para la solución del problema pre- 
sidencial, en el que, como manifestación acabada de la 
idiosincracia nacional y de las condiciones de los hom- 
bre dirigentes, estuvieron en juego todas las fuerzas po- 
pulares y hubo tiempo para que la meditación serena 
contribuyera con el auxiliar poderoso de la experiencia 
á damos una solución que dejara señalada en nuestra 
historia la iniciación de una nueva era, pacífica y fe- 
cunda. 

Nuevamente las pasiones y los prejuicios, las intem- 
perancias y los personalismos conspiraron contra el buen 
sentido y cpntra los principios universales, de política 
práctica, y nos arrastraron al desastre de la guerra civil. 

A la ofuscación de los unos, lejos de oponérseles la 
persuasión y una dialéctica de verdad y raciocinio, se 
opuso la ofuscación de los otros, con nuevos motivos para 
que en el bando contrario se determinara un ambiente 
de antagonismos anacrónicos. 

Es por más de un concepto curiosa la psicología de 



- 50 — 

nuestro pueblo y de sus clases directoras, de los políti- 
cos y de los hombres de prensa, de los encumbrados y 
de la masa. 

De error en error, de recriminación en recriminación, 
van fatalmente al caos, y como si sintieran una inmensa 
satisfacción íntima en poder atribuir al adversario todo 
el lote de las desgracias nacionales, lejos de rectificarse 
en. sus errores, en beneficio de la obra común, van rati- 
ficándolos y provocando nuevas causas generadoras de 
otros males. En las clases superiores falta siempre la 
previsión que les permita alcanzar las consecuencias me- 
diatas de sus actos. Por lo que respecta á las masas, como si 
estuvieran en absoluto privadas de ese «instinto social, in- 
consciente como los demás instintos, que se manifiesta en las 
horas decisivas de su historia, una cierta adivinación del 
daño, un sentimiento secreto de su esencia y de ,su con- 
servación. . . » (1) se lanzan obstinadamente por el cami- 
no del desastre. 

Una vez producido el desenlace, con la inevitable gue- 
rra civil, en vez de procurarse, por unos y por otros, la 
reparación de los males sufridos y restablecer en lo posi- 
ble y en lo humano las cosas, de manera que haya la 
posibilidad de proseguir la tarea de vigorizar el or- 
ganismo nacional y preparar el país para mejores días, 
todo se resuelve, como si fuera conducta patriótica y dis- 
creta, en acusaciones, en la justificación de la actitud 
propia, en la invocación de la causa del país, mientras 
la nación se derrumba y se desangra, y se deprime cons- 



(1) Fouillé «La Ciencia Social Contemporánea» pág. S09-210. 



— 51 — 

tantemente su nivel moral j se crea un ambiente que 
hace imposible la vida para los hombres He pensa- 
miento. 

«... Nada más fácil, dice Macaulay, que escribir un 
tratado, poniendo de manifiesto la maldad de traer, por 
puro capricho, sobre una sociedad numerosa, las desdi- 
chas inseparables de la revolución, el derramamiento de 
sangre, el despojo y la anarquía.» Lo difícil— que es 
precisamente la gran obra á que deben consagrarse los 
hombres de cerebro — está en prevenir con una actitud 
prudente y discreta esos grandes cataclismos y, cuando 
el desborde se ha producido como una fatalidad irre- 
vocable 6 como consecuencia de errores propios ó comunes, 
la suprema sabiduría aconseja despojarse de las pasiones 
y encarar los sucesos con sentido práctico, sacrificando 
cualquiera otra consideración y sobre todo aquellas que 
puedan tener carácter personal. 

Nada de eso se tuvo en cuenta por nuestros hombres 
en la elaboración de los últimos sucesos, desde los preli- 
minares del proceso relativo á la elección presidencial 
hasta los días que corren. En cambio, la imprevisión y 
las afecciones particulares, las prevenciones y los odios 
de camarilla fueron los factores que determinaroü los 
acontecimientos. 

En las alturas, el gobernante obstinóse en imponer 
su sucesor, contrariando las corrientes populares. T 
en los clubs y en la plaza pública, tanto en uno 
como en otro partido, se prescindió de la realidad 
de nuestras cosas y de lo que reclamaban las conve- 
niencias generales, para encaminarnos una vez más por 



— 52 — 

la pendiente del abismo. Lo práctico y juicioso, ya que 
la situación tenía su origen en el acuerdo, era mantener 
la comunión de fuerzas á fin de llegar á una solución 
que representara la aspiración común, surgida del fondo 
de la conciencia pública y prestigiada por los hombres 
contratantes del pacto electoral, que eran los que habían 
derrocado el r^men anterior. 

De esta manera se volvía posible prolongar el statti- 
qiio creado por los sucesos. Y sí no constituía ello una 
solución definitiva, al menos al amparo de la paz, que 
sería su resultado, podría el país desenvolver su vitali- 
dad, morigerar sus hábitos y, acaso, incorporar con el 
tiempo algún nuevo elemento á su evolución que tuviera 
la virtud de influir favorablemente en nuestro desarrollo 
ulterior. 

Las cosas se encaminaron en sentido radicalmente con- 
trario, aún agravadas por la falta de carácter y de alti- 
veces cívicas de muchos sujetos dirigentes. Por un lado, 
se produjo la concentración nacionalista, juramentándose 
para proceder bajo severa disciplina en obsequio á una 
conducta uniforme. Por el otro, la anarquía representada 
por las dos tendencias á que se incorporaron los legisla- 
dores colorados. 

Una distinta manera de encarar los sucesos y pasiones 
encontradas, incapaces de someterse á un plan de rigidez, 
promovieron la ruptura del compromiso nacionalista con 
la consiguiente desnaturalización de la palabra empeñada. 

En el campo colorado la bifurcación fuó acentuándose, 
definiendo la actitud de sus elementos á medida que se 
aproximó el instante eleccionario. La imposición oficial 



— 53 — 

fué aceptada sin resistencias por algunos. En cambio los 
demás tomaron rumbos distintos siguiendo las afecciones 
personales. Nunca mSa necesaria, que en esos momentos 
supremos de la vida de los pueblos, la orientación de los 
espíritus bácia el camino de la salvación, cuando desa- 
parece la armonía de las fuerzas en juego, cuyo resul-. 
tante encierra la suerte nacional! No tardó ^i presentarse 
el error que desviaría á los hombres de la solución práctica. 
Los prejuicios j las pasiones tuvieron su intervención lle- 
gando á colocar en condiciones antagónicas á los dos grupos 
que se mantenían independientes de la voluntad presi- 
dencial. La minoría, consecuente con el plan á que se había 
entregado, vinculó su conducta á los nacionalistas que se 
mantenían en actitud hostil, congregándose unos y otros 
alrededor del mismo candidato. 

Muy pronto se vio la consecuencia de esta actitud. 

Ante la concentración de los nacionalistas con candidato 
propio, dispuestos á librar batalla á los que con ellos habían 
creado el nuevo régimen, surgió la tendencia á la unifi- 
cación colorada. 

El mal se acentuaba, ya que en la solución del gran 
problema los partidos tradicionales en vez de esforzar- 
se por una entente provechosa colocáronse en terrenos 
opuestos. 

Nuevos sucesos modificaron un tanto las cosas, pero, 
desgraciadamente, no en el sentido favorable á los intere- 
ses generales.— La imposición oficial y de los. caudillos 
triunfó en el campo nacionalista, y la mayoría ante el 
convencimiento de que su candidato no lograba en su 
obsequio los sufragios necesarios para asegurar el éxito.y 



-. 54 — 

con. el propósito de concurrir de manera eficiente á la 
solución del magno problema se inclinó al candidato gu- 
bernista. Pero ya el error era irreparable. Dos circuns- 
tancias habían decretado su derrota: la minoría no quiso 
aceptar la evolución que juzgó indecorosa por el doble con- 
cepto de constituir una defección y ser impuesta por el 
oficialismo y el caudillaje, y la mayoría colorada, ante la 
la. agresión de sus adversarios, había pactado con ante- 
rioridad la concentración en favor del candidato que tu- 
viera más sufragios de legisladores de su credo, lo que 
vino á herir de muerte al candidato oficial. 
, Los dados estaban tirados. 

Ni al precio de una claudicación logró la mayoría na- 
cionalista cooperar con su concurso á la elección á efec- 
tuarse. 

De sorpresa en sorpresa fuimos presenciando el des- 
borde estéril de pasiones que solo sirvieron para impedir 
el advenimiento necesario. 

El antagonismo entre las dos fracciones nacionalistas 
fué acentuándose, tanto más cuanto que la mayoría^ 
apoyada por los caudillos, logró arrastrar consigo toda 
la masa de su partido, que no tardó en descalificar por 
el voto de la «cgran convención» á aquellos que lo habían 
traicionado é imposibilitado el triunfo en Jas dos ocasio- 
nes en que estuvo congregado alrededor de un candidato. 

Aun después de producidos estos sucesos no se había 
llegado á ninguna solución, pues, los candidatos en juego 
no tuvieron, en virtud del pacto celebrado por los legis- 
ladores colorados, la mayoría legal. 

De im lado, estaba el candidato oficial con la mayoría 



— 55 — 

nacionalista y la jfracción m^norde los legisladores que 
formaban la mayoría colorada. 

Del otro, el candidato de la fracción mayor, contra el 
cual la masa partidaria nacionalista, siguiendo la inspira- 
ción de sus caudillos, se habían declarado en sistemática 
rebelión. 

La prédica violenta del señor Acevedo Díaz dio fibra 
y cohesión á los pocos legisladores de su credo que se 
habían desligado de la corriente. Estos en un arranquo 
de tardía rebelión se incorporaron al candidato condena- 
do por el caudillaje, dando así solución al gran problema. 

Nuestros hombres de prensa tampoco pudieron sus- 
traerse al espíritu de contradicción que nos domina aun 
en los momentos más decisivos, pues, producidas estas 
evoluciones, aquellos que, desconociendo la verdad de la 
situación se habían ido á un extremo prestigiando la 
candidatura del doctor Blanco, evolucionaron de manera 
curiosa, yendo al extremo opuesto y prestigiando al se- 
ñor BatUe. 

El señor BatUe y Ordóñez fué elegido en momentos de 
inquietudes y expectativas, como resultado de una lucha 
en la que habían chocado varias veces, estérilmente, di- 
versas fuerzas parlamentarias y por haberse mantenido, 
con perfecta lealtad, el pacto celebrado entre los legisla- 
dores colorados en frente de la evolución de la mayoría 
nacionalista hacia el candidato oficial. 

Su triunfo produjo, en unos, la inmensa satisfacción de 
ver el advenimiento al más alto cargo de nuestra demo- 
cracia del ciudadano que durante el período eleccionario 
había sostenido la bandera dé la estabilidad partidaria. 



— 56 — 

En cambio, en el campo contrario, quedó el sentimien- 
to profundo de la derrota unido á las iras de los caudi- 
llos habituados á hacer sentir su prepotencia en los cinco 
años que siguieron á la paz de Setiembre. 



VI 



No habían transcurrido quince días de la elección pre- 
sidencial, j ya los caudillos recorrían los campos arras- 
trando á doce mil hombres rebelados contra la solución del 
primero de Marzo. 

Era una nueva prueba de nuestra capacidad para la 
vida institucional! 

El señor BatUe y Ordóñez pagó caro su error de otrora 
cuando incorporado á la corriente contribuía á dar vigor 
y prestigio al caudillaje levantisco que había de malograr 
su gobierno y echar por tierra todos los proyectos en que 
cifraba la gloria de su administración. 

Nuestra prensa, ante la evidencia del desastre, que se 
produjo cuando recien tomaba posesión de la casa de 
gobierno un ciudadano lleno de nobles intenciones y dis- 
puesto á reaccionar contra las prácticas absolutistas de su 
antecesor, invocó el patriotismo á fin de detener el to- 
rrente. 

¡Como si fuera de hombres prácticos pretender que en 
estas democracias inorgánicas, que jamás recibieron la 
enseñanza de mover sus pasiones á impulsos de la virtud^ 
pudiera ser fuerza capaz de determinar sus actos la su- 
prema virtud del ^patriotismo ! 



— 58 — 

Las legiones armadas se entregaron al desborde ; en 
la frontera, solo por satisfacer compromisos criminales 
llegaron hasta el asesinato vulgar j el incendio^ ensa- 
ñándose en los indefensos emigrados brasileños que vivían 
en nuestro suelo al amparo de las leyes y del honor na- 
cional. 

El presidente había querido iniciar una era de repara- 
ciones, y comenzó por atacar en sus feudos á los ele- 
mentos que constituían una remora para el fácil de- 
senvolvimiento de su gestión; sin penetrarse de que los 
males sociales orgánicos no se curan con decretos guber- 
nativos. 

Provocar á los caudillos pretendiendo despojarles de la 
fuerza que les dio el país en una era de constante y 
creciente crisis, y para ello invocar como título justifica- 
dor las facultades legal y constitucional, no fué acto 
discreto ni prudente. 

Gobernar, no consiste siempre en fiacer lo que permi- 
ta la ley, sino, muchas veces, en abstenerse de hacer 
— decía Gambetta. 

De esta gran verdad no han sabido penetrarse nuestros 
políticos, pues, si la hubieran tenido constantemente pre- 
sente, de muchos males se habría librado el país. 

Dentro de la ley está á veces el ideal, pero, desgracia- 
damente, es lo humano, que á él solo se llega, en lo 
posible, por una conducta perseverante en favor del bien 
y por transformaciones sucesivas del organismo social. 

Es, acaso, uno de los más graves problemas que puede 
presentarse á los estadistas, la eliminación de las causas 
que generan la prevalencia del caudillaje. 



— 59 — 

El fenómeno de la extirpación puede realizarse cuan- 
do el ambiente se presenta favorable y la enfermedad 
no ha interesado el organismo de la nación. 

Las primeras manifestaciones se puede á veces reprimir 
empleando una actitud severa y hábil, como también pre- 
cipitar su desaparición en determinado período histórico 
cuando las fuerzas del país bien enderezadas ofrecen un 
concurso poderoso y crean una atmósfera propicia á la 
acción saludable del poder, — Es el caso de Sarmiento, 
que contando con las fuerzas populares, pudo emplear la 
vitalidad nacional al servicio de la gran obra que carac- 
terizó mayormente á su gobierno exterminando los restos 
del caudillaje provinciano que constituían un obstáculo 
para el ulterior desarrollo de la sociabilidad argentina. 

Se requiere, en todos los casos, el momento propicio y 
el grado de acción necesario; una política sábia^ recta^ 
enérgica y cricel^ la empleada por Cronwell, según Macau- 
lay, en frente de la anarquía y de los agitadores sin es- 
crúpulos de su tiempo. 

Pero nada de eso ocurrió entre nosotros. 

El país propició ese resurgimiento, como que es una 
verdad elemental que fué producto de sus errores, de las 
claudicaciones de toda una época, de la falta de previ, 
sión de los unos, del cálculo egoísta de los otros, del poco 
civismo de los más y de la idolatría anacrónica de muchos, 

¿ Como pretender, pues, liquidar la acción de los caudi- 
llos, por un acuerdo de gabinete, cuando la mitad de la 
nación está sometida á su prepotencia y contribuye 
que se acreciente su prestigio? 

Nuestros errores nos habían de arrastrar á esa sitúa- 



— 60 — 

ción desoladora, en pleno siglo XX, haciendo imposible 
la obra de gobierno é induciendo á los buenos ciudadanos 
á la triste persuasión de que ya no hay remedio á 
nuestros males y estamos condenados á una vida mise- 
rable ! 

£1 jefe del Estado, ante la avalancha que iba adqui- 
riendo mayores proporciones á medida que cruzaba la 
República, optó por pactar mediante el restablecimiento 
del régimen creado por la paz de Septiembre salvo pe- 
queña variante. 

Una administración honesta, escrupulosa en el manejo 
de la cosa pública, liberal en grado mayor al compa- 
tible con nuestros hábitos, siguió al levantamiento de 
Marzo. 

No transcurrió un año siquiera, y nuevamente la re- 
belión nos cubre de sangre, en una forma que impone á 
todo espíritu sereno la persuasión de que vamos por el 
camino del exterminio. 

La guerra se prolonga — y cada día que transcurre el 
horizonte se vuelve más oscuro. Es una lucha sangrien- 
ta y horrible, sin término, en la que ya nadie acierta ni 
es capaz de asumir la responsabilidad de presentar la so- 
lución. Una doble convicción, corroborada y confirmada 
á medida que los sucesos se producen, ha impuesto al 
país, y es: la impotencia de la rebelión para luchar con 
los. ejércitos legales y la impotencia del gobierno para 
liquidar la revuelta, que se conserva y se vigoriza y huye 
por nuestros campos, dando sorpresa aquí y sorpresa 
allá, diseminándose hoy para incorporarse al día siguien- 
te y de este modo prolongarse indefinidamente. 



— 61 — 

Las pasiones otra vez desencadenadas establecen la pre- 
valencia de los odios: ya la lucha es de blancos y colo- 
rados, la mitad de la República contra la otra mitad. 

El cuadro desolador provoca el recuerdo de aquella ex- 
clamación de Juan Carlos Gómez: « Desgraciado país que 
al son de la trompa guerrera va cavando su propia fosa!» 

La ciudad se ve infestada de divisas, algunas con ins- 
cripciones absurdas, que constituyen un ataque á nuestra 
cultura y proclaman el retroceso á la barbarie. 

El desorden ha invadido hasta los hombres de pensa- 
miento y la desviación del buen sentido es otra de las 
consecuencias de la atmósfera en que vivimos. «Diario 
Nuevo» al explotar la rebelión, en un vibrante ar- 
tículo, imponía esta fórmula principista : « el único 
arreglo... la ley!» — la ley, que sería el desiderátum si tuvié- 
ramos el culto de su respeto! — y en un brillante edito- 
rial, Lo qiie vendrá^ revelaba su civismo y espíritu 
justiciero. Poco después, apenas se alejó temporalmente 
su director, envuelto por el ambiente de la guerra, clasifi- 
caba á manera rosista el personal de la administración, 
señalando á todos aquellos que no fueran de su credo á fin 
de que el rigor del gobernante hiciera caer sobre ellos el 
peso de la cesantía, con lo que obligó á muchos ciudada- 
nos á imponerse el vejamen de hacer expresa manifesta- 
ción de adhesión al estado actual de cosas, ante la fatídica 
amenaza de la destitución. 

No solo en el terreno de la pasión partidaria sentimos 
las consecuencias del ambiente. Aún entre aquellos que 
pretenden tratar serenamente el problema de la paz, se 
nota el extravío de criterio. Hemos visto reclamar la 



— 62 — 

liberalización del régimen que pesa sobre la prensa, pero, 
no bien la Asamblea reglamentó el sistema restrictivo, 
algunos, lejos de aportar cualquier raciocinio al debate 
que pudiera contribuir á establecer la armonía entre las 
diversas exigencias en juego procurando persuadir áunos 
y á otros, enderezaron la proa contra el Presidente de 
la República que en esta emergencia lo que viene ha- 
ciendo es defenderse de una agresión bárbara y estéril. 

Entre tanto, y mientras se opera el choque de ideas y 
sentimientos encontrados, la guerra adquiere peores ca- 
racteres, más nos barbariza y nos arruina ; el escenario 
queda en manos de los hombres de acción; los ciudada- 
nos se ven arrastrados á la vida odiosa del cuartel y 
obligados á renunciar su personalidad y á sacrificar su 
libertad « ese bien del que tan doloroso es perder siquie- 
ra la sombra » y todos creen llegado el momento supre- 
mo, la hora de exclamar el Caveant Cónsules! ante la in- 
minencia de la disolución, 

Sinembargo, nada influye en el sentido de una aproxi- 
mación al término de la lucha; parece que en el fondo de 
la conciencia de nuestros hombres hubiera la siniestra 
convicción de que para no ser aplastado es necesario 
aplastar y mientras tanto damos el triste espectáculo de 
que en una sociedad republicana se haya convertido en 
realidad la sarcástica frase de Pascal « el hombre es ene- 
migo del hombre ». 

En la ciudad y en la campaña, siente el país la de- 
presión del nivel normal. 

La última ofrece un espectáculo salvaje. En uno y otro 
bando el gaucho constituye la base de acción, el elemen- 



^es- 
to que lucha y destruye, se sacrifica y vierte su sangre, 
arrastrado por la pasión partidaria, cuando no por ins- 
tintos primitivos; sin un ideal, que no es capaz de con- 
cebir su cerebro; sin saber si defiende la libertad ó el 
despotismo; sin darse cuenta del rol que desempeña co- 
mo instrumento de devastación. Tengo el convencimiento 
de que el gaucho es uno de los grandes factores de 
nuestros males y será una remora constante para el de- 
senvolvimiento de nuestra vida institucional. Ignorante, 
sin hábitos de trabajo, sin espíritu de ahorro, lleno de 
vicios hereditarios, endurecido de alma, ávido siempre 
de emociones salvajes, se lanza á la guerra y sigue al 
caudillo para cubrirse de sangre y entregarse á la hol- 
gazanería y á una vida donde no hay más ley que su 
capricho. Concluida la lucha vuelve al pago converti- 
do en un criminal vulgar, un elemento pernicioso para la 
sociedad. — Poco después se le vé con una balota, que 
depositará en la urna, sin saber cuales son sus derechos ni 
sus deberes: solo sabe que lo lleva á votar, el mismo que lo 
arrastró á la guerra el día anterior ó que lo arrastrará el 
día siguiente. 

Por el gaucho se elevan los caudillos y se ha- 
cen temibles : éstos imperan sobre aquellos por múltiples 
conceptos: por sus condiciones de hombre de acción, por su 
valor, por los anacronismos partidarios, por las cualidades 
de ginete, por la fama de sus hazañas — que generalmente 
no son sino crímenes. — De esta manera, esos desgraciados 
hombres de campo se sienten presa de la fascinación y de 
la idolatría y se entregan á los caudillos, en la paz para 
desnaturalizar el sufragio, y en la guerra para consagrarse 



— 64 — 

á la matanza y morir por ellos, todo inconscientemente. 
Solo así se explica lo que ocurre en la actualidad. Se pro- 
dujo la rebelión en momentos que los hombres de trabajo 
no pensaban sino en el acrecentamiento de la vitalidad del 
país, en su florecimiento económico, en el desarrollo de 
su producción, en la era de progreso que podíamos iniciar 
al amparo de un gobierno liberal. Eepentinamente, por 
una imprevisión del gobernante, el caudillaje herido, con 
gesto altanero entrega la Kepública á la guerra ; y como 
si hubiéramos estado bajo el azote de un tirano, de pronto, 
doce mil soldados se alistan en las banderas revoluciona- 
rias. Un reguero de sangre señaló la huella de los ejér- 
citos, desde Mansevillagra á Meló; en Paso del Parque y 
Tupambaé, nuevamente, dos grandes y horribles hemorra- 
gias tiñeron nuestro suelo. Tras la persecución cons- 
tante de las tropas gubernistas, esa masa humana va de- 
jando el camino sembrado de cadáveres, se sacrifica, sufre 
todos los tormentos de la campaña, sin el estímulo de 
ningún ideal, sin saber el origen de la guerra, ni cono- 
cer el proceso de nuestros aconteciinientos políticos ; solo 
por la idolatría á sus caudillos. 

Tras esa masa va otra masa humana, en la que, á los 
más, los mueve la pasión partidista, que así como en el 
momento presente está el servicio del país, lo mismo 
podría estar al servicio de la arbitrariedad, pues el tipo 
del gaucho es refractario á toda idea compleja, á todo 
razonamiento que se aleje algo de la más grosera vulga- 
ridad. Desde las épocas del coloniaje viene siendo en 
nuestro desenvolvimiento social y político un instrumen- 
to inconsciente de los buenos y los malos, sin que ja- 



— 65 — 

más haya tenido ni siquiera la noción de su individuali- 
dad y de sus conveniencias. 

Con esos elementos, como factores principales en la 
elaboración de la guerra, fácilmente, podemos alcanzar el 
estado moral de nuestra campaña. Terminada la lucha, 
las garantías de los hombres de trabajo estarán á merced 
de un golpe.de mano de las legiones de malhechores. 

T si el ambiente producido por él choque de las armas 
y de las pasiones rebajan en nuestros campos el nivel 
moral de sus hombres, en la capital y demás centros de 
cultura de la Eepublica no es muy edificante el cuadro 
que se presenta al observador. — Dijérase que la orga- 
nización psíquica de nuestro pueblo lo predispone á ad- 
mirar lo chato y lo grotesco, contradiciendo así, cierto 
grado de cultura que ha alcanzado el país por su situa- 
ción en medio de las corrientes continuas de civilización. 

La ausencia de altiveces cívicas y de amor á los prin- 
cipios civilistas, la idolatría por los hombres de sable, por 
los caudillos, por todo aquello que representa la brutali- 
dad, por los que cometen hazañas en la guerra civil — á 
la mayor parte de las cuales bien podríase aplicar la 
magnífica expresión de Víctor Hugo « el héroe no es más 
que una variedad del bandido »;— y á todo ese conjunto de 
males tenemos el aditamento impuesto por nuestra guerra 
actual, el desborde de las pasiones partidistas, sin freno, 
sin control, siempre prontas á alcanzar al adversario. 

Colocado el país en la situación desgraciada de verse 
obligado á oponer en la lucha «hombre á hombre, hierro 
á hierro, como decía don Andrés Lamas estudiando las 
guerras civiles — nuestro pueblo lejos de persuadirse de 



— 66 — 

que eso significa una triste condición, impuesta por la fa- 
talidad de las circunstancias, se apasiona por los luchado- 
res j concluye inconscientemente por sentir hacia ellos 
más admiración que á la causa que representan. 

Y esto no ocurre solo en las masas sino que el mal 
va invadiendo las clases elevadas. No hablemos ya de 
nacionalistas, que han dado al país el triste espectáculo 
de convertirse en instrumentos de los caudillos y presti- 
giarlos, esforzándose por justificar todos sus excesos: la 
rebelión actual casi está representada por la oligarquía de 
la familia Saravia, que entre hermanos, sobrinos y demás 
consanguíneos monopoliza la dirección de la lucha. El 
mal á que me refiero, en punto al sentimiento de admi- 
ración hacia la fuerza, va tomando á la juventud colora- 
da y á diversas clases del partido. En Muniz, antes de 
esta guerra, se cifraba la esperanza de fulminar al adver- 
sario, y cuando se le puso al frente del ejército y dirigió 
la persecución de Mansevillagra á la frontera, se llegó al 
delirio de reputarlo un táctico de cualidades superiores. 
No tardó la pasión partidaria en decretar su desgracia 
cuando las circunstancias impusieron el convencimiento 
de que no liquidaba la revuelta. Surgió Galarza con su 
arrojo temerario, y muy pronto la fama trabajó el alma 
de la multitud que lo ha elevado á la altura de los ídolos 
y después de Tupambaé llevó su fascinación hasta ver 
en la redacción del parte de la batalla el estilo de un 
hombre de letras. 

De este modo los pueblos han creado á los hombres que 
los han sometido al despotismo! 

Quieran los sucesos, si se repiten en el desarrollo de 



-- 67 — 

esta guerra varios Tupamhaes^ que el coronel Galarza 
continúe, en el futuro, siendo lo que es ahora: un admi- 
rable instrumento de la causa del país! 

La idolatría cunde; los retratos de los héroes circulan 
con profusión y en nuestra prensa se registran largos 
artículos para la biografía y la apoteosis de la gente de 
armas. 

Mas de un comentario he oído, matizado con concep- 
tos elogiosos, de hechos que provocan repugnancia, pues, 
sobre el derroche de valor primitivo está la sangre que 
ha enrojecido las manos de los protagonistas y el despojo 
de las prendas del vencido. Sin embargo, lejos de ge- 
nerar esos actos una profunda aversión á la violencia y 
á la guerra, hacen nacer en muchas almas la admiración; 
y no faltan pobres de espíritu que consideren título hon- 
roso exhibirse por las calles de la ciudad acompañando al 
héroe alrededor del cual se ha forjado toda una leyenda. 

Tengo la convicción de la necesidad de reaccionar con- 
tra las prácticas que van dominando á nuestro pueblo y 
de que por muy superior que sea la vitalidad del país, 
si continuamos en este tren de rebajamiento de la razón 
pública, no habrá manera de encauzarnos por la senda 
del progreso colectivo. 

Necesitamos más civilismo, más energía moral, más per- 
severancia en la procura del bien, más consideración á 
los grandes ideales, más sentimiento de los deberes cívi- 
cos y de la responsabilidad del ciudadano. 

Los hombres de espectabilidad, que por su posición en el 
escenario del país pueden ejercer ascendiente sobre la mul- 
titud y dirijirla, deben tener el valor de contrariar sus 



— 88 — 

pasiones, deben reaccionar contra el mal de la época presente 
manifestado en la cobardía que los incapacita para luchar 
con la corriente. 

De otro modo, tomaremos el camino de la más absoluta 
incapacidad para conquistar nuestros destinos. 



vn 



Fracasado el gobierno actual ea los propósitos del pre- 
sidente, y por los términos en que vemos planteado el pro- 
blema político, ya no hay nada que esperar de esta ad- 
ministración en punto á vida institucional. 

Lo presente es un desastre. 

Dominar ahora la rebelión por las armas no me 
parece factible; solo en un término muy largo, tras la 
ruina del país, y acaso con la perspectiva del en- 
tronizamiento del militarismo, solución inaceptable bajo 
todo concepto. En este punto, el civismo impone profesar 
ideas radicales. Si fuera posible en un término corto ex- 
terminar el caudillaje, entiendo que no cabría vacilación 
alguna. Es elemental en la ciencia del gobierno que no se 
debe transigir con la rebelión cuando se dispone de me- 
dios eficaces para reprimirla, sin perjuicio de implantar 
después del triunfo una política liberal que tenga 
la virtud de prevenir nuevos actos de sedición y reparar 
los males sufridos. 

Pero de la meditación serena, consultando los antece- 
dentes históricos y las circunstancias actuales nada induce 
á admitir la posibilidad del fin inmediato de la lucha. 
Tampoco creo — supuesto el caso — que á raíz de 



- 70 - 

la conclusión de la guerra por las armas, iniciáramos 
una era institucional. La experiencia harto doloro- 
sa nos enseña cuales son las consecuencias de las luchas 
intestinas. No se puede impunemente remover las pasiones 
y entregar el país á la guerra. La anulación es la ley ine- 
xorable que pesa sobre el vencido; y solo el tiempo y una 
política sabia y reparadora pueden ir corrigiendo los ma- 
les que acompañan á la derrota. Menos aún puede con- 
fiarse en nuestro pueblo, tan escaso de educación cívica 
como pictórico de prejuicios y sentimientos anacrónicos. 
Pero, en cambio, ganaríamos la paz estable, al amparo de la 
cual todo se puede hacer, todo se puede esperar, obrando 
con prudencia. Entonces, habría llegado el momento de la 
prédica en favor de nuestra redención, inculcando en las 
masas ideas nuevas y señalándoles por donde deben ende- 
rezar sus aptitudes, sus sentimientos y su inteligencia. Ha- 
bría que imponerles el culto de la tolerancia en materia po- 
lítica, del respeto por los derechos de todos, de la verdadera 
concordia que debe ser un postulado en la conciencia de 
cada ciudadano y que no está en las mistificaciones que 
en los últimos tiempos envenenaron nuestro ambiente y per- 
virtieron el espíritu público, sino en la prevalencia de la 
ley, pues, solo el reino del derecho asegura el de la fror 
ternidad (1) y enseñarles «que desde el punto de vista social 
en nuestras acciones y relaciones con los demás hombres, 
todo debe ser justicia, hasta el amor». 

«La fraternidad no es, en su esencia pura, más que una 
justicia más alta, más completa, más superabundante.» (2) 



(1) De FouilléexLa Ciencia Social Contemporánea» pág. 373. 
(«J De Fouillée— Obra citada pág. 373. 



— 71 — 

Es natural que. esto sería obra del tiempo y de una 
lenta modificación de nuestros hábitos, pues, solo los 
ilusos pueden pretender que por transformaciones mila- 
grosas se trastornen los sentimientos arraigados en un 
pueblo y desaparezcan sus vicios inveterados. La gran 
verdad, es que esas conquistas solo se operan á la som- 
bra de la paz, que facilita un ambiente propicio para la 
enseñanza y la discusión serena y eficaz. 

Lentamente llegaríamos á persuadir á nuestros hombres, 
de lo que no hemos podido hacerlo en setenta y cinco años 
de extravíos, de sangre y de odios: la verdad aquella pro- 
clamada por Juan Carlos Gómez en momentos que presen- 
ciaba nuestra incapacidad para lograr la conquista defi- 
nitiva de la tranquilidad interna ^qite la mitad del país 
no puede imponer arbitrariamente su voluntad á la otra 
mitad^; y que solo por medio de la comunión de es- 
fuerzos, del legítimo egercicio de los derechos de cada 
ciudadano y de una política racional y amplia, encuadra- 
da dentro de los rígidos marcos de la justicia, podremos 
alcanzar la vida institucional. 

Sin prevalencias ilegítimas, sin caudillos prepotentes; con 
una noción clara de las prerogativas y obligaciones de cada 
ciudadano; con la transformación de los hábitos de nuestros 
hombres de campo á fin de extirpar el tipo innoble del gau- 
cho actual para sustituirlo por el hombre de trabajo, cons- 
ciente y adaptable al progreso; con nuevos elementos in- 
corporados á nuestra evolución, de esta manera podríamos 
aproximarnos al desiderátum. — Solo así, por una cre- 
ciente y constante adaptación llegaremos al régimen de 
libertad. 



~ 72 — 

La libertad en los países nuevos y ya enfermos orgá- 
nicamente, como el nuestro, no se decreta, ni se impone 
por la guerra, ni por obra del milagro. 

« Es la base indispensable de la paz pdblica, pero la li- 
bertad no se establece y se radica, decía Juan Carlos Gómez, 
sino sobre la verdad de los principios que la constitu- 
yen» y para que estos principios se hagan carne en el 
alma popular, es necesario preparar el ambiente y los hom- 
bres, desviar al país del camino de la violencia y de la 
anarquía y de todo lo que signifique un peligro para el 
desenvolvimiento pacífico de nuestra democracia. 

Descartada la posibilidad de que en un término breve 
podamos liquidar por las armas la revuelta, y rechazada 
por absurda la solución de una guerra indefinida, que 
nos traería la ruina y acaso el militarismo, ¿ qué solución 
puede presentarse? 

La de la paz pactada entre ambos contendientes su- 
bleva el espíritu partidista de muchos, que pretenden jus- 
tificar su obstinación invocando la defensa del principio 
de autoridad. Sinembargo, nada más pueril que la pre- 
tensión de defender de ese modo un principio que se va 
debilitando á medida que la guerra se prolonga; y, 
sobre todo, debemos hacernos cargo de que, en los más 
de los partidarios de la continuación de la lucha, los en- 
tusiasmos principistas no son otra cosa que una forma 
de encubrir sentimientos anacrónicos que jamás deben 
intervenir en la apreciación de hechos de esta naturaleza. 

Por otra parte invocar el principio de autoridad en un 
país donde jamás aquél se ha consolidado á despecho de 
la sangre derramada á raudales, no es juicioso. 



— 73 — 

« 

Lo que debe preocuparaos es que bajo ningún con- 
cepto ofrece perspectiva halagüeña las eventualidades de 
una lucha prolongada, que puede ser fuente de un futu- 
ro caos anárquico. La experiencia nos habla elocuente- 
mente; no solo la relativa á nuestro país, sino la expe- 
riencia universal que recojo la historia. De extravío en 
extravío, de desorden en desorden, fatalmente caen los 
pueblos en el despotismo. Acordémonos de la verdad pro- 
clamada por Carlyle: « Mientras el hombre sea hombre, 
no faltará jamás un Cronwell que se presente á dar el 
golpe de gracia á toda suerte de sancu Ictismo. » ( 1 ) 

¡Y ya sabemos que condiciones reunirían nuestros 
Crónwelles ! 

Hay que concluir la guerra por la paz ya que la paz 
no podemos obtenerla por la guerra. 

De cualquier modo mucho hemos retrocedido, pues, 
impunemente no se cometen tantos errores! Hay que 
comenzar nuevamente la gran obra á fin de colocar al 
país en condiciones de poder encauzarse por corrientes 
saludables. Lo que es admisible que constituya ma- 
teria de discusión es la forma que servirá de base á 
la transacción, pues, de [ella depende el porvenir. Si 
no logramos alcanzar una solución que signifique un 
triunfo para el país nada adelantaremos. Si se pacta 
otra vez sobre la base del quebrantamiento de la unidad 
política de la nación, seguiremos por la vía crucis que 
venimos recorriendo. No hemos llegado, ni los gobernantes 
ni los gobernados á ese grado de tolerancia, de prudencia 



( 1 ) «Los Héroes » II pág. 170. 



— 74 — 

y de ecuanimidad que nos permita vivir un un sistema 
de equilibrio que lleve envuelto la suerte nacional y que 
á la primera desavenencia, á la primera imprevisión, de 
luios ó de otros, se apele á la guerra como medio de di- 
rimir la controversia. 

Por otra parte, qué razón valedera, qué título legítimo 
podría invocarse para justificar la obstinación de aquellos 
que pretenden tal solución? La garantía de sus derechos? 
Pero, en que consiste esa garantía? se le ocurre á cual- 
quiera preguntar. Acaso el gobierno de una parte del país 
por los caudillos es garantía alguna, á no ser de desórde- 
nes y atentados? Nos aproximamos con ellos á la vida 
institucional? Kepresentan una garantía ])ara la libertad de 
sufragio y demás derechos de los habitantes de las zonas 
sometidas á su dominio? No significa nada la experiencia 
que pesa sobre el país desde el año 1897? O aún se pre- 
tende en nombre de las pasiones partidarias, endiosar ese 
estado de cosas que viene cerrando todos los horizontes y 
amenaza arrastrarnos á la disolución? 

Díjérase que hay una parte del país refractaria á todo 
razonamiento. 

La verdad electoral, que jamás la hemos tenido apesar 
de tanta sangre derramada, solo podremos adquirirla por 
el perfeccionamiento de las prácticas democráticas y por 
un constante aprendizaje de la vida política. 

Con la llamada garantía de derechos, lo único que he- 
mos presenciado ha sido la arbitrariedad erigida en siste- 
ma y el estado permanente de guerra que arruina á la 
nación. Ni los nacionalistas ni los colorados han progre- 
sado un solo paso en el camino de la verdad institucio- 



— To- 
nal; en cambio, unos y otros, vienen sufriendo las conse- 
cuencias de este estado de desorden en que vivimos. 

T si aun después de tantos desastres, nuevamente lle- 
gáramos á tan absurda solución, será otra demostración' 
de nuestra incapacidad para la vida política j habrá lle- 
gado, acaso, el instante de declarar, que el problema de 
la paz es insoluble dentro de nuestra existencia autonó- 
mica, j que nuestro pueblo como si sobre él pesara la 
sentencia dantesca está privado del bien de la inteligen- 
cia y no alcanza siquiera á compreader lo más elemental 
para su supervivencia. 

Tampoco juzgo solución la fórmula propuesta por el 
senador Espalter, que en su proyecto de pacificación pre- 
tende dar atribuciones al Municipio para obligar al pre- 
sidente de la Kepública á nombrar su delegado en el 
departamento, dentro de una tema. 

En las circunstancias presentes significaría lo mismo 
un quebrantamiento de la unidad nacional, en una . 
forma legal y acaso menos chocante que la empleada 
hasta ahora, pero no por eso menos peligrosa. Entiendo 
que es un error muy grave procurar el remedio á núes- ; 
tros males en el debilitamiento de la autoridad del pre- 
sidente. Admito la descentralización administrativa, que ;; 
en todo caso beneficiaría al país y le enseñaría á operar 
por sí mismo su desarrollo y su prosperidad. Pero, en el. ; 
orden político, en una nación pequeña y joven, que ha 
vivido en la sangre y en la anarquía, donde el pueblo no es -: 
respetuoso ni á la ley ni al principio de autoridad, juzgo : 
erróneo querer cercenar las facultades del jefe del Estado, . 
creando en frente de él, soi-disant delegados del P. E. '..